Martiniano Alcocer Álvarez
Bajo mi sombrero

Los mágicos remedios de mamá

Para el salpullido no había nada mejor que el 'talco boratado y perfumado' Las dos caras o el bórax así, puro y limpio...

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Ayer domingo, no sé si por el calor que me calentó la cabeza o porque uno ya está viejo y cualquier suceso –como la muerte de Miguelito- lo pone nostálgico –viendo una foto de la casa donde funcionó la farmacia Las dos caras (65 con 58) con su pintura ya casi lamida por el descuido- me vinieron a la mente recuerdos de la niñez lejana. 

En esos entonces -en Valladolid donde fui niño primero y luego en Mérida- a los dzirices nos curaban todos los males, desde los de la dentición hasta los raspones y chuchulucos y moretones, resultado de una dura pelea con el vecinito o de la caída de un árbol, con infalibles menjurjes y emplastos o líquidos casi mágicos como el Bálsamo del Dr. Castro, el Antiflogestine y la tintura de árnica, entre otros. 

Para el salpullido –o sarpullido como dicen los endémicos académicos- no había nada mejor que el “talco boratado y perfumado” Las dos caras o el bórax así, puro y limpio.

Cuando se acercaban los meses del “crudo invierno”, mamá nos daba a beber Emulsión de Scott -un líquido blanquecino en envase ámbar y que tiene (existe desde 1870 gracias a un inglés llamado Alfred Browne Scott, ahora inclusive en sabores de cereza y naranja) un pescador cargando un enorme bacalao en las espaldas-. Ibamos a bajar a la mata de naranja la hoja que más nos gustara para que sirviera de cuchara y así no sintiéramos el sabor del hígado del pez. No sé sí me estimuló la inteligencia, como decían que hacía, pero sí que me hizo tener huesos fuertes (hasta hoy no he sufrido ninguna fractura) y nos prevenía de los catarros de la época (hoy influenza, dengue y zika).

Otro producto que aliviaba casi todo era el Bálsamo del Dr. Castro –va el comercial Teté- que mi madre nos ponía en la barriga cuando venían los cólicos o nos hacía oler para aliviar las náuseas; inclusive unas gotitas diluidas en agua eran un gran remedio para el chotnak.

Y la pomada de La campana que venía en unas latitas blancas con letras negras y que curaba cualquier herida o raspón -ahora ya se sugiere hasta para borrar las estrías de la mujer después del parto y para blanquear la piel (ver: http://eslamoda.com/10-maravillosos-usos-que-tu-abuela-te-oculto-a-cerca-de-la-pomada-de-la-campana)-.  Cosas de nuestra lejana y feliz infancia.

Mi pésame a los deudos del rey de los pastelitos.

Martiniano Alcocer Álvarez
Periodista, Escritor, Coautor de varios libros de historia
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