25 de Septiembre de 2018

México

Convierten cárceles en espacios de educación

En 2013 la Procuraduría de Derechos Humanos emitió una recomendación para cerrar los últimos penales que había en Guanajuato.

Más de un centenar de internos de Juventino Rosas, Cortázar, San Luis de la Paz, San José Iturbide, Moroleón y Uriangato los que fueron enviados a ceresos. (Archivo/Reuters)
Más de un centenar de internos de Juventino Rosas, Cortázar, San Luis de la Paz, San José Iturbide, Moroleón y Uriangato los que fueron enviados a ceresos. (Archivo/Reuters)
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Sergio Contreras/Milenio
GUANAJUATO.- Rayas pintadas con sangre para marcar los días sobre la pared, letras sin sentido y planchas de cemento donde dormían los presos, son algunas de las huellas que permanecen en cárceles municipales que fueron cerradas hace años, y ahora son almacenes, oficinas gubernamentales y espacios de educación y capacitación.

En 2013 la Procuraduría de Derechos Humanos emitió una recomendación para cerrar los seis últimos penales que había en el estado. La Secretaría de Seguridad Pública de Guanajuato lo hizo de un solo golpe y el 26 de agosto de ese año informó del hecho.

En su momento el gobernador, Miguel Márquez, aseguró que con dicha acción las alcaldías podrían ampliarse, ya que regularmente las cárceles estaban ubicadas en la parte trasera de dichos edificios, en pleno centro de cada localidad.

Pasaron décadas para que dejaran de operar en condiciones precarias las últimas cárceles municipales de Guanajuato, hoy los internos se encuentran en Centros de Readaptación Social.

Son 111 internos de Juventino Rosas, Cortázar, San Luis de la Paz, San José Iturbide, Moroleón y Uriangato los que fueron enviados a ceresos de Salamanca, Valle de Santiago y San Miguel de Allende.

Pasaron décadas para que dejaran de operar en condiciones precarias las últimas cárceles municipales de Guanajuato

Los centros cerrados ya no contaban con la infraestructura que demandan estos tiempos, pues algunos fueron creados hace más de un siglo. Estar ubicados en la marcha urbana también los convertía en blanco de críticas; además, el hacinamiento, la falta de higiene, la inseguridad y el deterioro eran otros argumentos en contra.

"Aquí los metían cuando se portaban, hay rastros de sangre, como que iban contando los días, son palitos pintados con sangre, hay dibujos y quemaduras", cuenta Miriam Rodríguez, colaboradora del Programa Hábitat de la Sedatu.

Describe la celda de castigo de la que era hasta 2013 la cárcel de Uriangato. El edificio ahora es la sede de cursos para el programa Hábitat de la Sedatu y del Centro de Acceso Educativo de la Universidad Virtual del Estado.

El inmueble cambió. La fachada y la primera oficina lucen diferentes. Un color azul claro es más amigable y la recepción tiene un escritorio y una computadora. Los custodios de ceño fruncido se han ido. Es un lugar grande y aunque no se ocupa todo, sí ofrece un espacio para otros objetivos. Estamos afuera de la llamada bartolina, un cuarto de cinco metros cuadrados sin plancha de cemento, pero sí con un baño diminuto.

Aquí los presos podían pasar días en aislamiento sin derecho a visitas y con solo una ventana en lo alto por donde tímidamente se asoma el sol.

"Cuando empezamos con los cursos de Hábitat el año pasado lo dejábamos abierto, pero a muchos niños y señoras les empezó a dar miedo y mejor lo cerraron", contó Rodríguez.

Una celda pequeña conserva la regadera, donde se habría colgado una reclusa.

"Sé que aquí se ahorcó una muchacha, aquí había un baño y aquí se ahorcó una y por el área de acá de la escalera se ahorcó otro. Cuando nosotros entramos el año pasado ahí todavía estaba la soga", recuerda.

Nadie ha sabido qué uso se le puede dar a este espacio. La habitación está cerrada con candado, pero desde una pequeña ventana protegida con una malla se ve el interior.

Instituto de la Mujer

En Moroleón, el edificio de Isabel La Católica 59 aún ostenta grabada la leyenda "Cárcel Municipal Ayuntamiento 1929-1930". Hoy es el Instituto de la Mujer.

"Aquí era como un pequeño dormitorio el cual ahora nosotras lo ocupamos como área de talleres de terapias grupales y así le hemos sacado provecho", muestra Wendoline Fernández, encargada de despacho del instituto.

Era un área de descanso para los custodios. Desde una pequeña ventana se observa el patio con las celdas ahora vacías. 

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