16 de Noviembre de 2018

México

Mientras unos mostraban rabia, otros casi brincaban de alegría

En un salón "VIP", invitados de la defensa y las víctimas presenciaron la sesión de la SCJN que declaró inocente a Florence Cassez.

Ezequiel Elizalde e Isabel Miranda de Wallace salieron de la sala antes de que concluyera la sesión de la Corte. (Agencias)
Ezequiel Elizalde e Isabel Miranda de Wallace salieron de la sala antes de que concluyera la sesión de la Corte. (Agencias)
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Víctor Hugo Michel, Adriana Esthela Flores/Milenio
MÉXICO, D.F.- Primero pasa la mujer, enfurecida, al borde de las lágrimas. Es Isabel Miranda de Wallace. Sus tacones resuenan en el mármol de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Un pie tras otro, transmiten la ira, el enojo, la frustración de una derrota tan dura como sorpresiva y definitiva.

Junto con Ezequiel Elizalde, desaparece escaleras abajo, lejos de la Primera Sala de la Corte, donde hace unos segundos Florence Cassez ha derrotado al sistema. Una victoria contra todo pronóstico que le significa recuperar su libertad y vida.

“¡Es una porquería de país!”, gritará Elizalde instantes más tarde, copado por reporteros mexicanos y franceses. En su momento, la acusó de haberle amenazado, durante su cautiverio, con la amputación de una oreja o un dedo. Fue un testimonio que resultó clave para sentenciar a Florence a 60 años de cárcel, condena que hoy se desvanece.

Ezequiel, el que huyó a Texas y que dice no querer regresar a México, lleva los puños blancos, drenados de sangre cuando se abre paso entre las cámaras. “¡Me vale lo que digan!”, exclamará en una entrevista posterior. “No me importa este país. No vale absolutamente nada. Sus instituciones están por los suelos”.

Justicia o injusticia, depende de dónde se pare uno y cómo mire las cosas: Víctima. Asesina. Damnificada. Torturadora. Inocente. Secuestradora. Si se es Cassez y quienes han hecho causa de su caso, es la resolución de una atrocidad jurídica, la corrección de un abuso al debido proceso por parte del Estado. Si se es una de sus víctimas, es la concreción de una puñalada legal y trapera que allana la vía a que más secuestros se lleven a cabo. “¡Acaban de abrirle la puerta a todos los secuestradores!”, deplora Miranda de Wallace, cerca, muy cerca, de perder la compostura.

Eso de un lado. Porque esta historia tiene dos y del otro todo es rostros que exudan alegría.

Sorpresivo fallo

Los ministros sorprendieron hasta al personal de la Corte con la extensión y profundidad de su decisión. Nadie hubiera predicho el relanzamiento del proyecto que el año pasado fue desechado, el de conceder el amparo liso y llano y, por ende, abrir la puerta a la libertad inmediata de Cassez.

En un salón VIP, reservado para invitados de la defensa y las víctimas, secretarios y subordinados de los ministros no sabían cómo hacer sentido de lo que se discutía en la primera sala. “Van 2-1 en contra del amparo”, decía un asesor. Un reportero del Canal Judicial le corregía: “no, van 3-0 contra el proyecto de (Olga) Sánchez Cordero”. Todo hacía pensar que a Cassez le esperaba la derrota.

Pero al final, vino la sorpresa: Sánchez Cordero supo leer el momento. Retiró su proyecto y respaldó lo que habían planteado Arturo Zaldívar y el novato Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, un fiscalista al que tocó definir un asunto penal de extrema importancia. Ambos se manifestaron por el amparo, lo mismo que la ministra. Superaron a José Ramón Cossio Díaz y Jorge Mario Pardo Rebolledo.

Y de un plumazo, lo que parecía una derrota se convirtió en un 3-2 de libertad absoluta. La ministra Sánchez Cordero no había terminado ni de explicar sus razones cuando, a unos pasos, una puerta se azotó y unos tacones comenzaron a martillar el mármol.

Ambiente festivo

Wallace y Ezequiel se han ido. Atrás, queda la fiesta. Laurence Pantin, la vocera de la embajada de Francia en México y quien por años se ha encargado de mantener el tema vivo para los medios franceses, sale literalmente brincando de alegría de la Primera Sala de la Corte. Abraza a un compañero diplomático, un funcionario de protección consular. Discretos, escapan antes de que aparezcan los reporteros.

Los enviados de los medios franceses se suman al ambiente de fiesta que priva entre los que han ganado. Los colegas de La Voix du Nord, Radio Francia Internacional, RTL Radio, Europe 1 Radio, Le Monde y France 24 estallan de júbilo cuando queda claro lo que ha pasado. “Aún estoy temblando”, dice, emocionada, Laurence Cuvillier, de France 24.

Pero quien sintetiza mejor el momento es Agustín Acosta, el abogado de Cassez. Emerge de la sala para regocijarse en la gloria del triunfo y recalcar la sensación que recorre a los allegados a la francesa. “¡Se hizo justicia!”, clama. “¡Florence saldrá libre de inmediato!”. Su compañero defensor, Frank Berton, lo llama “un momento mágico”.

Unos metros atrás, Eduardo Gallo añade: “esto es un mensaje para Genaro García Luna”.

Y en la Suprema Corte se cierra el relato de una francesa que, dependiendo de la narrativa, vino a secuestrar o vino a trabajar. Que vino a torturar con la banda de Los Zodiaco o que simplemente estuvo en el lugar equivocado cuando no debía, una inocente atrapada en el torbellino de un montaje mediático.

Una francesa sobre la que nadie parece ponerse de acuerdo, pero a la que eso ahora poco o nada le importa. Porque, la verdad sea dicha, París está muy lejos de Xochimilco y en el Sena no hay quien se acuerde del penal de Tepepan.

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