19 de Junio de 2018

Mundo

Cinco días de miedo en Boston

Conoce la historia de la tragedia que marcó la ciudad, desde el día de los bombazos hasta la localización de los sospechosos.

En esta fotografía del 15 de abril de 2013 se ve a Bill Iffrig, de 78 años, tirado en el piso mientras policías acuden al lugar tras la segunda explosión registrada en el Maratón de Boston. (Agencias)
En esta fotografía del 15 de abril de 2013 se ve a Bill Iffrig, de 78 años, tirado en el piso mientras policías acuden al lugar tras la segunda explosión registrada en el Maratón de Boston. (Agencias)
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Agencias
BOSTON, EU.- Dos bombas, tres muertos y más de 72 horas sin respuestas. Los minutos pasaban mientras los investigadores demoraron dos veces la conferencia de prensa. Finalmente, el jueves a las 5:10 p.m., dos agentes del FBI instalaron dos caballetes con láminas rígidas vueltas al revés para no divulgar de inmediato los resultados de sus pesquisas.

Había llegado la hora de hacer el crítico pero peligroso anuncio: presentar a Boston a los dos hombres que se creía eran responsables del mortal atentado contra el Maratón de Boston.

"Alguien por ahí conoce a estos individuos, como amigos, vecinos, colegas de trabajo o familiares de los sospechosos", dijo Richard DesLauriers, jefe del FBI en Boston. Mientras hablaba, los investigadores le dieron la vuelta a las láminas para revelar imágenes tomadas de cámaras de vigilancia.

De acuerdo con The Associated Press, tantas personas de todo Estados Unidos se apresuraron a visitar la página de Internet del FBI para estudiar la cara de los sospechosos que los servidores de la entidad policial quedaron abrumados al instante.

Y el temor que atenazó a la ciudad desde el lunes a las 2:50 p.m. se reavivó.

Si todos habían visto las fotos, eso tenía que significar que los sospechosos también las habían visto.

¿Cómo reaccionarían?

La maratonista Meredith Saillant se preguntó qué harían los sospechosos una vez que conocieran que se les acababa el anonimato.

La mañana siguiente al maratón, Saillant huyó de la ciudad, tratando de escapar la pesadilla de las bombas que habían explotado en la acera, exactamente debajo de la habitación donde ella celebraba haber terminado la carrera. Entones echó mano a un teléfono multiusos para estudiar la imágenes de vigilancia.

"Yo esperaba sentir alivio. (Me dije) `OK, ahora puedo verles la cara' y comenzar a dejar esto atrás", dijo Saillant. "Pero creo que sentí más pesimismo. Me sentí, no sé, helada. Como conozco la era en que vivimos, yo sabía que tan pronto como se dieran a conocer esas fotos todo terminaría, que algo iba a suceder... como si fuera el principio del fin".

Pero ni ella ni ninguna otra persona podrían saber cuándo terminaría todo, o cómo.

El día de la tragedia

El lunes, cerca de la línea de meta, Brighid Wall estaba mirando la carrera con su esposo e hijos.

Después de la carrera, Tracy Eaves fue a buscar orgullosa su medalla.

Pero la primera de las dos explosiones echó por tierra cualquier festejo.

"Todos quedaron como paralizados", dijo Wall. "La primera explosión ocurrió bastante lejos, sólo vimos el humo". Entonces sonó el otro bombazo, esta vez a sólo tres metros (10 pies) de distancia.

"Mi esposo lanzó los niños al suelo y se les colocó encima", dijo Wall. "Un hombre se nos encimó y nos dijo: `¡No se paren! ¡No se paren!'"

Desde el lugar donde ella estaba más allá de la línea de meta, "(la onda expansiva de) una enorme explosión" le pegó a Eaves.

"Me di la vuelta y vi mucho humo", dijo. Al principio pensó que pudiera ser parte de las festividades, hasta que ocurrió la segunda explosión y los voluntarios comenzaron a sacar a los corredores del lugar.

"Entonces comienza a darte pánico", dijo.

Cerca de la línea de meta, Diane Jones-Bolton, de 51 años vio que los corredores se daban la vuelta y corrían hacia ella. De repente la carrera de detuvo, pero nadie sabía por qué.

En la llegada, Wall, su esposo y los niños levantaron la cabeza tras un par de minutos de silencio. Al lado, un hombre estaba arrodillado, parecía aturdido y la cabeza le sangraba. Muy cerca había un cadáver.

"Nos agarramos los unos a los otros y corrimos" hasta una cafetería, salieron por la puerta trasera hacia un callejón y siguieron corriendo.

Mientras tanto, los instintos del doctor Martin Levine, que estaba de voluntario para atender a los corredores de elite en la línea de meta, le dijeron que hiciera exactamente lo contrario.

"¡Hagan espacio para las víctimas, unas 40!", gritó a los que estaban en la tienda de campaña de los maratonistas. En eso explotó la segunda bomba. Levine llegó al lugar del estallido y se encontró con un panorama que parecía un campo de batalla, lleno de miembros cercenados.

"Todavía estaban humeantes, con las ropas y la piel quemadas", dijo el médico.

Investigación en marcha

Tres días después de los atentados, los investigadores habían avanzado mucho.

Ejércitos de agentes con ropas blancas habían revisado los restos, lo que reveló que los autores habían armado bombas caseras usando instrucciones que se encuentran fácilmente en internet, como ollas de presión, cables y baterías. Pero los investigadores todavía no sabían las razones ni conocían la identidad de los autores.

A final de cuentas, todo dependió de las fotos, sacadas de cientos de horas de video y fotografías recopiladas de cámaras de vigilancia y entregadas por espectadores. Pero si no podían descubrir la identidad de los sospechosos, entonces tenían que hacer una elección complicada: podían no dar a conocer al público las fotografías, con lo que prolongaría la búsqueda y se corría el riesgo de que los autores escaparan o atacaran de nuevo. O podían pedir la asistencia del público. Para entonces, los sospechosos sabían que el cerco a su alrededor se cerraba.

Cuando decidieron dar a conocer las fotos, el nivel de tensión en la ciudad volvió a aumentar.

Ese día, el presidente Barack Obama habló en un servicio ecuménico en honor a las víctimas, donde dijo: "Es posible que hayamos perdido el equilibrio de momento. Pero nos vamos a recuperar. Vamos a seguir adelante. Vamos a finalizar la carrera".

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Posteriormente, amigos y familiares recordarían a los sospechosos, Tamerlan Tsarnaev, de 26 años, y su hermano Dzhokhar, de 19, como personas incapaces de cometer un acto de terrorismo. Los hermanos pertenecían a una familia de origen checheno que llegó a Estados Unidos en 2002 tras huir de los problemas en Kirguistán y después en Daguestán, una república predominantemente musulmana en el Cáucaso de Rusia. Se asentaron en Cambridge, donde el padre, Anzor Tsarnaev, abrió un taller de mecánica automotriz.

A Dzhokhar le fue bien en sus estudios en la prestigiosa escuela Cambridge Rindge and Latin para ganarse una beca municipal de 2.500 dólares para asistir a la universidad.

Pero Tamerlan discutía y se mostraba taciturno. "No tengo ni un solo amigo estadounidense", dijo en una entrevista para un ensayo fotográfico sobre su vida en el boxeo. Antiguo estudiante de Contabilidad con esposa y una hija, explicó su decisión de dejar la escuela cuando le dijo a un familiar: "Yo me dedico a las cosas de Dios".

Durante varios años, Tamerlan había impresionado a sus entrenadores y a otros como un boxeador aficionado particularmente talentoso.

"Se movía como una gacela. Pegaba como un mulo", dijo Tom Lee, presidente del Club de Boxeo del Sur de Boston, donde entrenaba.

Apego al islam

Pero lejos del gimnasio, Tamerlan a veces fanfarroneaba, dijeron algunos de los que lo conocían. Y comenzó a declarar su apego al islam, a lo que se sumaron puntos de vista cada vez más exaltados.

Albrecht Ammon, un vecino, recordó que el hermano mayor discutió con él sobre la política exterior de Estados Unidos, la guerra en Afganistán e Irak, y la religión. La Biblia, le dijo Tamerlan, era una "copia barata" del Corán, que usaban para justificar guerras con otros países. "No tenía nada contra el pueblo de Estados Unidos", dijo Ammon. "Tenía algo contra el gobierno de Estados Unidos".

Dzhokhar, por otra parte, era "muy agradable", dijo Ammon. "Un tipo alegre".

Pero después de los atentados, cuando paró un momento en un taller de Cambridge, los mecánicos, acostumbrados a hablar largo rato con Dzhokhar, notaron que el joven de 19 años, que normalmente estaba tranquilo, se estaba mordiendo las uñas y temblaba.

El mecánico, Gilberto Junior, dijo que Tsarnaev no había tenido la oportunidad de trabajar en un Mercedes que había dejado en el taller para repararle la defensa. "No me interesa. No me interesa. Necesito el carro ahora mismo", le dijo Dzhokhar Tsarnaev, según Junior.

Ya habían publicado las fotos, así que era hora de irse a otra parte.

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