19 de Diciembre de 2018

El redentor, los hombres de negro y el Chávez "reloaded"…

En la mañana, tiempos de pleitesía, y por la noche, momentos de relevos sin marcha atrás: “El rey ha muerto, viva el rey”.

Mandatarios de países americanos e incluso de Irán acudieron al funeral de Chávez. (Agencias)
Mandatarios de países americanos e incluso de Irán acudieron al funeral de Chávez. (Agencias)
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Juan Pablo Becerra Acosta Molina / Milenio
CARACAS, Venezuela.- Fue un día en dos tiempos: por la mañana, fueron las horas de observar los comportamientos de aquellos poderosos hombres y mujeres de negro.

Por la noche:  transcurrieron los minutos de los luises, de escudriñar la interpretación de aquella máxima francesa de que “el rey ha muerto, viva el rey” (o el César, o el Nuevo Mesías, o el Cristo de los pobres, o el Comandante en Jefe, que todo eso es como le llaman aquí a Hugo Chávez los de su pueblo devoto): fue, la noche, entonces, el momento de ver entronado al sucesor, al histriónico heredero.

Dos tiempos venezolanos, dos momentos alrededor de la muerte de Hugo Chávez…

***

Los elegantes hombres y mujeres ataviados de negro también se cuadraban ante el fenecido héroe local y le rendían tributo…

Sí. Todos. Incluido un mexicano (Enrique Peña Nieto). Hasta un joven europeo (el español príncipe Felipe de Asturias), cuyo padre (el rey Juan Carlos de Borbón) alguna vez osó mandar a callar públicamente al Redentor (así fue llamado el honrado en voz del nuevo líder de la nación). Algunos, sin exhibir emociones evidentes en el rostro, circunspectos, se limitaban a cumplir el protocolo (la mayoría). Dos o tres lloraban (como el presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko). Uno escondía sus hinchados ojos rebosantes de lágrimas tras unas gafas oscuras (José Mújica, presidente de Uruguay).

Alguien más besaba dos veces el féretro (el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad). Unos eran recibidos con cortesía pero fríamente por miles de personas que se apostaban a la entrada de la Academia Militar (Peña Nieto). Otros eran ovacionados (en primer lugar el iraní, luego Evo Morales, presidente de Bolivia; Lula da Silva, ex presidente de Brasil; Rafael Correa, de Ecuador; Daniel Ortega, de Nicaragua). Al heredero al trono de España, sorpresivamente, le silbaron unos pocos, pero la mayoría (sobre todo mujeres), le aplaudió. Pero todos, sin excepción, le rendían tributo al difunto. Para eso habían viajado hasta ahí todos: para, de alguna manera, cuadrarse ante el caudillo muerto.

Afuera del recinto bolivariano, contenidos por sudorosos militares a tan solo unos metros de las puertas del Fuerte Tiuna, bajo un sol sofocante que provocaba decenas de desmayos entre la multitud, la masa popular de camisetas rojas, que llevaba horas y horas haciendo filas para echarle una ojeada a su muerto, empezaba a hartarse de tanta pompa fúnebre.

Una y otra vez, como queriendo apurar las exequias de Estado para poder reiniciar la multitudinaria peregrinación, para poder entrar al sitio y ver durante unos segundos el cadáver, los dueños de las voces extenuadas comían naranjas y bebían agua para tomar fuerza y empezar a gritar reiteradamente: “¡Queremos ver a Chávez! ¡Queremos ver a Chávez!”. Pero se tendrían que aguantar: no era su día, era el día del poder, el día en que parte del mundo se cuadraba ante el comandante que ya pronto será momificado, según anunció la víspera el gobierno venezolano: sí, Hugo Chávez correrá la misma suerte que Lenin o Ho Chi Minh. Rígido amor perdurable…

Adentro de las instalaciones militares iniciaba el homenaje. El féretro ya no estaba abierto, como lo estuvo hasta la madrugada. Los mandatarios solo podían observar una bandera venezolana sobre el ataúd adornado de flores y con cirios en llamas, y una foto del hombre en vida. Ahí, ante los restos, los hombres y mujeres poderosos de decenas de países americanos, asiáticos, europeos, y africanos montarían guardias de un minuto. Luego darían el pésame a la madre del presidente fenecido y a sus hijos.

La Orquesta Sinfónica de Venezuela y un coro de jóvenes interpretaban el himno nacional y un popurrí de música llanera, de esa que de tanto en tanto cantaba Chávez en sus larguísimas cadenas nacionales de radio y televisión.

Nicolás Maduro, el delfín del hombre de Sabaneta, de Barinas, recibía una réplica de la espada de Simón Bolívar y la colocaba sobre el féretro. La desenvainaba y la dejaba ahí un largo rato. Al final, envainada de nuevo, la entregaba a la familia. Luego el hombre estafeta del chavismo tendría el micrófono para él solito: hablaba con palabras encendidas, con loas a su mentor, con coraje por quienes “lo vilipendiaron” en vida. “¡Pero no pudieron contigo, comandante! ¡Estás invicto! ¡Hijo de Cristo! ¡Comandante Presidente: misión cumplida! ¡Chávez Vive! ¡Hasta la victoria siempre!”, vociferaba fraseos con claras volutas cubanas de los sesentas y setentas.

Misión cumplida. Muerto el rey… vendría la noche.

***

En cinco minutos, poco después de las ocho de la noche, Maduro tomaba juramento como Presidente Encargado. Era el líder de la Asamblea Nacional, el número dos del chavismo, y quien perdió la sucesión, Diosdado Cabello, quien le tomaba juramento. Y venía otro perfomance político, siempre con el recurso de arengar blandiendo el pequeño librito azul en la mano, ése que erguía Chávez a cada momento, la Constitución Bolivariana creada por su Líder Supremo (así se refería Maduro al ya ex presidente fallecido): le ponían la banda presidencial amarilla-azul-roja, al cuello el Gran Collar del Libertador, y soltaba esto:

—Perdonen el dolor y las lágrimas… pero esta banda le pertenece a Hugo Chávez. ¡Le pertenece a nuestro comandante en jefe!” —lloraba, sí, un poco. Luego, terminado el acto, ya bajaría sonriente. Y no sólo eso: le pediría al Consejo Nacional Electoral (CNE), a Tibisay Lucena, a su presidenta, que convocara a elecciones.

—De inmediato… —exigiría.

Él, como los miles de hijos de Chávez que siguen haciendo fila para verlo, una vez muerto el rey, tienen una urgencia: “Echar para adelante el socialismo bolivariano”. En sus propia palabras…

—¡Chávez somos todos! ¡Chávez somos todos! —coreaban los devotos. Chávez eran todos en la mañana. En la noche, Chávez es Maduro. O, en dos tiempos, Maduro ya es Chávez. Chávez reloaded…

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