14 de Diciembre de 2018

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Del puñetazo a la Kaláshnikov: te voy a matar

Las reacciones de los clérigos y autoridades en los países musulmanes no se hicieron esperar: la viñeta es 'provocativa y atizadora del extremismo'.

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El semanario Charlie Hebdo volvió a las andadas: publicó en portada otra caricatura del profeta Mahoma. Y esto, luego de que los brutos islamistas perpetraran un sangriento y mortífero atentado en la mismísima redacción de la revista. El tiraje inicial de este número fue de 3 millones de ejemplares que se agotaron de inmediato por lo cual los editores van a imprimir otros 2 millones de copias. Es la saludable respuesta de las sociedades occidentales ante el terror.

Pero, las reacciones de los clérigos y autoridades en los países musulmanes no se hicieron esperar: la viñeta es “provocativa y atizadora del extremismo”, han dicho desde El Cairo hasta Karachi, pasando por la franja de Gaza y Estambul. Turbas de manifestantes han quemado banderas francesas, han intentado atacar embajadas y, faltaría más, han lanzado las correspondientes amenazas de muerte con el aval de ulemas, imanes y fanáticos de todo pelaje. En Diyarbakir, una ciudad de Turquía, un juez prohibió la publicación de la revista. En Níger, fueron quemadas 10 iglesias católicas y las protestas se saldaron con la muerte de cuatro personas.

Se entienden las expresiones de descontento. Y, la ira de los creyentes es también perfectamente comprensible porque para muchos de ellos la religión es un asunto primordial en sus existencias: un simple vistazo a cualesquiera de las páginas del Corán basta para advertir que Alá exige una constante e incondicional adoración y que cualquier posible manifestación de la realidad debe serle reconocida, agradecida y atribuida en todo momento y en todo lugar, por no hablar de las penalidades aseguradas a los impíos ([…] “los infieles tendrán un castigo doloroso”, Sura 2, versículo 104).

Uno pensaría, sin embargo, que ahí terminaría la cosa: es decir, que los musulmanes se limitarían a seguir sumisa y obedientemente sus preceptos y sanseacabó: yo adoro a Alá en La Meca o en Karachi y me da igual lo que hagan los demás, digamos, en Francia que, por si fuera poco, ni siquiera es mi país. Pero no: su visión totalitarista de las cosas no puede menos que tener, justamente, una deriva totalitaria: al islam hay que respetarlo obligatoriamente en París, en Ámsterdam y en Canberra. Es decir, en todo Occidente aunque los Estados de las democracias avanzadas sean laicos por naturaleza y aunque la libertad de expresión, incluido el derecho a burlarse de todas las creencias, esté asegurado por las leyes luego de siglos enteros de batallas ciudadanas.

Entramos aquí en el tema más controvertido: mucha gente denuncia, en estos mismos países occidentales, que esa tal libertad de palabra debe restringirse en el caso de las religiones. El propio papa Francisco lo acaba de subrayar con toda claridad: “No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe. No se puede”. Y, en una de sus más desafortunadas declaraciones, añadió:“a quien diga una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo”, olvidándose de ofrecer la otra mejilla, como manda la doctrina de la Iglesia de Jesucristo que él encabeza e ignorando, lo cual es todavía mucho más inquietante, que esto, lo de responder con la violencia a una posible provocación, depende de qué tanto estés dispuesto, en lo personal, a limitar el uso de la fuerza bruta: Su Santidad nos avisa de que va a golpear meramente al ofensor (le romperá los dientes si acaso); otros, los islamistas, toman un fusil de asalto y asesinan cobardemente a personas inocentes e indefensas.

Pero, por favor ¿en qué momento se aparecieron estos dibujantes en las narices de un musulmán para soltarle una insolencia a su madre? ¿En qué momento se volvió obligatoria la compra, y posterior lectura, de Charlie Hebdo? ¿A partir de qué momento fueron de aplicación universal —es decir, no sólo en Teherán o en Karachi sino en París— esos preceptos del islam que prohíben dibujar a Mahoma y que ni siquiera figuran en el Corán sino en un hadiz (una reseña de los hechos y obras del profeta realizada posteriormente por sus seguidores)? Y, por cierto (y sin soslayar las anteriores blasfemias de los caricaturistas), ¿qué tan ofensiva puede ser, en la portada del último número de la revista, la representación de un Mahoma entristecido que perdona a todos por igual?

Lo más grave, sin embargo, es la pasiva aquiescencia de tanta gente a renunciar al humor y a la perpetración de simples travesuras (no son delitos, por más irreverentes y ofensivas que puedan ser) para apaciguar meramente a esos bárbaros que, de otra manera, avisan de que nos van a matar. Es una auténtica aberración sacrificar el espíritu satírico -jubiloso signo del proceso civilizatorio, la libertad y la democracia- en el monstruoso altar del terror. No lo debemos permitir. Jamás.

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