26 de Septiembre de 2018

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'Comunión de personas con relaciones de amor'

La Santísima Trinidad. Lecturas de hoy: Deut 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Rm 8, 14-17; S.Mt 28, 16-20

La solemnidad de la Santísima Trinidad es la celebración de la presencia de Dios en la Iglesia. (imagenesreligiosas.net)
La solemnidad de la Santísima Trinidad es la celebración de la presencia de Dios en la Iglesia. (imagenesreligiosas.net)
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MÉRIDA, Yuc.- Esta festividad litúrgica podemos considerarla como una síntesis de todo el periodo Pascual.

Cristo es el centro de toda la liturgia de la Iglesia, principalmente en su vida, enseñanzas, milagros, realización de profecías, pasión, muerte, resurrección y ascensión.

De múltiples formas hace alusión a su Padre, y así enseña a sus discípulos a orar; y en la Última Cena promete el envío del Espíritu Santo.

Las siete semanas de Pascua a Pentecostés han culminado el domingo pasado, con la fiesta de la manifestación universal de la Iglesia, como fruto de la promesa cumplida en la venida del Espíritu Santo.

La Iglesia “Madre y Maestra” nos enseña a través de la liturgia el sentido trinitario de toda plegaria: 

• Así al inicio de toda celebración sacramental “En el nombre del Padre…”
• Así al concluir cada una “La bendición de Dios Padre…”
• Así la conclusión de las plegarias litúrgicas “Te lo pedimos Padre…”

Demostremos así: La relación de filiación con el Padre.

La relación de fraternidad con el Hijo.

La relación de amor con el Espíritu Santo y las relaciones que expresamos en la oración del Padre Nuestro; las proyectamos en nuestra solidaridad fraterna con los hermanos.

I.- Deut 4, 32-34. 39-40

El libro del Deuteronomio concluye el Pentateuco, y es como un testamento espiritual de Moisés antes de morir, a las puertas de la tierra prometida.

Moisés desea que el pueblo reflexione sobre todo lo que Dios ha hecho por el, desde la creación hasta la entrega de las Tablas de la Ley en el monte Sinaí.

El recuerdo de todos los beneficios de Dios para nosotros nos debe ayudar para superar las dificultades y tribulaciones actuales. ¡Dios es bueno, y en su bondad y misericordia nos conduce a la confianza!

La fe se funda sobre una historia precedente de la que no podemos prescindir, pero que continuamente se hace presente y nos interpela, nos exige por tanto una respuesta que no sea teórica o abstracta, sino cotidiana y comprometida con toda nuestra existencia.

Conocemos a Dios por sus intervenciones en la historia, por lo mismo su definición no son fórmulas o conceptos, ellos nos piden un compromiso integral de toda la persona para toda la vida, que le de significado a la verdad en la que creemos.

La fe nos asemeja y acerca a Dios, haciéndonos participar de su elección, amistad y vida divina; ya que ante la influencia politeísta de las culturas vecinas, Israel afirma la unicidad de Dios.

Ante la trascendencia, entendida como lejanía de Dios del mundo de los hombres, afirma su proximidad solidaria. Dios se ha acercado para salvar al pueblo oprimido ante la imagen de Dios que envidia la felicidad de los hombres –típica de la religiosidad mesopotámica- el texto afirma que Dios quiere que el hombre sea feliz y alargue sus días aquí en la tierra. (JL).    

II.- Rom 8, 14-18

La fe, como lo subraya la teología Paulina, nos acerca y asemeja a Dios, e incluso podemos participar de su vida divina habiendo sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ingresamos en esa vida de convivio que tiende a comunicarse a toda realidad, atrayéndola con su amor y es precisamente en esta atracción que se funda la posibilidad de nuestra salvación.

Somos débiles y pecadores, pero Cristo al venir asume sobre sí nuestro pecado y debilidad, y es causa de nuestra nueva personalidad de cristianos, hijos de Dios.

Sólo se redime, lo que se asume. Sólo se transforma lo que se asume. Siendo uno como nosotros, puede ser nuestro Mediador, porque también es verdadero Dios “constituido hijo de Dios con poder”, (Rm 1,4) así lo atestigua la declaración en Galilea: “Me ha sido dado todo poder…” Mt 28,18; que hace referencia a Daniel c.7; y a su poder universal como Resucitado; lo vemos en el gran himno Cristológico de Filip 2, 6-11.

En la adhesión a Jesucristo se desarrolla la filiación con Dios, don que la benevolencia del Padre (Rm 6,23), por medio de Cristo (Rm 5,10), promete a todos los hombres (Rm 5,18).

¡Esa vida se dinamiza con la presencia del Espíritu en nuestro corazón, por ello podemos llamarlo Padre!

Es el sentido de “hijos de adopción” término jurídico griego tendiente a expresar que gozamos de los mismos derechos del Hijo, y que se ha acuñado en una frase tradicional: “hijos en el Hijo”.

Por tanto “herederos y coherederos” (Rm 8, 16) como nos enseña hoy san Pablo. Para vivir en esa libertad interior de filiación, y en esa fortaleza de confianza y esperanza.

Así se comprende también la actitud de oración, bajo la acción del Espíritu, que nos permite dialogar con Jesús en un coloquio de tú a Tú, de intimidad y confianza.

La fe en el resucitado, nos lleva a la filiación y la fraternidad, esta es también elemento intríseco –no accesorio de la fe-, y sabemos que las dos dimensiones crecen y maduran simultáneamente.

III.- Mt 28, 16-20

La aparición de Jesús en la montaña de Galilea es propia de Mateo. Es una Cristofanía apostólica: una aparición centrada en la misión evangelizadora de los discípulos. Porque tiende a hacernos comprender que el Resucitado continúa presente en la tarea misionera de la Iglesia.

Los envía a bautizar con la forma Trinitaria, que sabemos es como un sello impreso en el corazón de pertenencia a Cristo.

El misterio de la Santísima Trinidad no es un misterio impenetrable sino la forma como El se ha querido revelar a los cristianos.

Como un Padre, que nos ama tanto que nos envía a su Hijo, y que nos participa el Espíritu para que podamos conocer el misterio de  Dios, como amor ilimitado.

Cuando se conoce la verdad cristiana, se vuelve falso decir que el ser humano es incapaz de conocer a Dios.

Dios nos revela su existencia, de hecho cualquier persona puede comprender que las cosas no se hicieron por sí mismas; pero además en la revelación cristiana podemos comprender algo de la esencia interior de Dios, y esto es lo que la Iglesia debe llevar como “¡Buena Nueva a todos los pueblos!” y que va desde la definición dada a Moisés: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14) hasta la que nos ofrece San Juan: “Dios es amor” (1Jn 4, 8).

IV.- Conclusiones

1) La solemnidad de la Santísima Trinidad es la celebración de la presencia de Dios en la historia. Así lo vemos en la primera lectura.

2) La solemnidad de la Santísima Trinidad es la celebración de la presencia de Dios en lo íntimo de la persona. “Templo del Espíritu” e “Hijo de Dios” así lo vemos en la segunda lectura.

3) La solemnidad de la Santísima Trinidad es la celebración de la presencia de Dios en la Iglesia.

Es la Revelación que la comunidad cristiana ofrece a través de la catequesis, el compromiso moral y los sacramentos. Dios está en el cielo y en la tierra (DT 4, 39), una presencia que se debe creer, vivir, sentir, penetrar, descubrir y asimilar siempre más sin agotarla: “En tu luz, vemos la luz” (Sal. 36,10).

“Los bautizados son iluminados por la Santísima Trinidad” (San Gregorio Nacianceno Discursos Teológicos 39-20) y como lo reconoce el Código de Derecho Canónico.
“Los fieles son aquellos que, han sido incorporados a Cristo mediante el bautismo, y se han constituido así en pueblo de Dios” (Canon 204).

4) Solía orar la primitiva Iglesia:

“Te damos gracias oh Padre Santo, por tu santo nombre que has hecho habitar en nuestro corazón” (Didaché 10).

Como hijos de Dios y hermanos en Cristo proclamamos:

“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…” Amén.

Mérida, Yuc., Mayo 31 de 2015.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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