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Es extraordinario cómo, de la noche a la mañana, pretendemos pasar de una educación tradicionalista a otra completamente tecnificada, donde las clases por plataformas y televisión nos muestran lo que se dejó de hacer en los últimos 20 años. Pese a que en la última década se entregaron equipos de cómputo en algunas escuelas, no se les dotó de internet, ni tampoco de un diseño metodológico para que esos niños y jóvenes desarrollaran las habilidades tecnológicas que hoy necesitan. Es necesario entender que las siguientes generaciones podrán competir en el mundo laboral sólo si desarrollan un perfil que les permita entender y adaptarse a un mundo digitalizado.

En el campo educativo, uno de los grandes efectos de esta pandemia ha sido el aceleramiento de la experiencia tecnológica. En materia educativa observamos cómo la brecha digital se está expandiendo y genera dos mundos contrastados. El primero, el de las escuelas privadas que se han adaptado y migrado al mundo digital capacitando a sus maestros y alumnos en estas habilidades. El segundo, el de las escuelas públicas que muy poco o nada han hecho al respecto y deberán tomar sus clases en la televisión, profundizando la desigualdad social y la pobreza, donde el ganador será aquel alumno que se esté preparando para las necesidades del mundo actual.

Contrario a lo que se cree, las habilidades digitales no se ganan con una computadora, entrando a redes sociales o tomándose fotos, no basta un celular o una tableta, para ello se requiere todo un diseño institucional que las estructure y las potencie. Llevamos más de 20 años perdidos respecto a los países industrializados, lo que aísla y condena a nuestros alumnos a una profunda pobreza digital. Como ocurre en otras crisis, los que menos tienen resienten más sus efectos, aquellos que viven en casas o departamentos pequeños en donde el hacinamiento les impide crear un ambiente adecuado que promueva el aprendizaje. Si los adultos de un hogar trabajan todo el día, ¿quién verificará que los estudiantes vean la televisión? o bien, ¿cuántos padres tendrán la energía, empeño y conocimientos para auxiliar en sus estudios a esos menores? La estrategia “Aprende en Casa II” no contribuirá en gran cosa a ampliar los pobres conocimientos que poseen los estudiantes.

Desafortunadamente no tuvimos otra alternativa, la pandemia nos sorprendió, otros países ya contaban con sistemas de educación a distancia, pero nosotros no. Al final, no todo es malo, aunque sea en un aula virtual o en una videollamada grupal, el poder ver o saber de sus compañeros disminuirá los sentimientos de aislamiento en los alumnos y deberá generar un sentido de disciplina, método y rutina sólo si los adultos en casa contribuyen de lleno a su proceso educativo. El abandono escolar es otra triste realidad, por lo que urge plantear alternativas para revertir este efecto de la emergencia sanitaria por el Covid-19.