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El gran secreto de la felicidad podría ser: disfrutar lo más que se pueda el presente sin añorar el pasado, sin culparnos por lo que hicimos o no hicimos y afrontar el futuro con esperanza, pero con expectativas realistas.

Los maestros orientales nos proponen mantener nuestra mente centrada en el presente, viviendo con pleno contacto con el aquí y el ahora, en lugar de estar repasando en una loca espiral de angustia todos los hechos del pasado, pensando ¿qué pudimos hacer de una manera diferente? o formando castillos en el aire para un futuro incierto que no podemos controlar.

El sólo hecho de recordar o de planear no representa un problema, pero la manera disfuncional de clavarnos en cualquiera de ellas son las que nos causan ansiedad y frustración.

Por ejemplo, si miramos el pasado sintiendo que ese tiempo fue mejor y con añoranza, si sólo lo hacemos recordando está bien, pero si nos ocultamos en el pasado para huir de un presente que no nos gusta o no nos satisface, entonces estamos evitando encarar el presente. El pasado visto con ojos de recuerdo siempre puede ser embellecido y ocasionará que el presente nunca esté a la altura de los recuerdos y esto nos llevaría a vivir con tristeza.

Si al ver el pasado decidimos autoinculparnos, nos perdemos el aprendizaje que podemos obtener de la experiencia. Culpar decisiones del pasado por los fracasos del presente, pensando que pudimos tomar una decisión diferente y que de haberlo hecho nuestro presente sería perfecto, es una manera de evitar enfrentar nuestros errores y aprender de la experiencia.

No hay manera de saber qué presente tendríamos si hubiéramos optado por una decisión diferente, así que hacer esta comparación sólo representa incapacidad para enfrentar los problemas y solucionarlos.

Tan malo es imaginar eternamente hacia el pasado como hacerlo hacia el futuro. El pensar en posibles circunstancias del futuro nos ayuda a planear y a prepararnos para diferentes escenarios, pero considerar estas opciones como futuros inevitables puede traernos muchos problemas.

Si decidimos, en nuestro pensamiento a futuro, imaginar posibles accidentes o catástrofes que enfrentaremos, esto puede llenarnos de angustia, ansiedad y miedo. Incluso puede paralizarnos y no permitirnos avanzar. Pero el sólo planear hacia el futuro de manera demasiado optimista también puede ocasionarnos que generemos expectativas que luego no podamos cumplir, y entonces cualquier cosa que consigamos nos parecer poca. La realidad casi nunca es igual a las expectativas generadas, y si fuimos muy optimistas sólo podremos tener frustración.

Las expectativas en sí mismas no son malas, pero la mayoría de las veces no se cumplirán, debemos permitirnos vivir la experiencia sin forzar la realidad, permitiendo que las cosas fluyan. Esto no quiere decir que uno no deba de tener nunca expectativas, esto es imposible, lo importante es decidir qué sentido darle, utilizando las expectativas para descubrir nuestros más íntimos deseos y para conocernos mejor y decidir cómo encauzar nuestros planes y esfuerzos, y de esta forma podremos disfrutar a la vida, a las personas y a los acontecimientos de una manera más libre sin exigencias, sólo con aceptación; permitiendo a los que están al lado nuestro ser ellos mismos, sin el peso de nuestros deseos o de nuestras recriminaciones y decepcionas.

La forma de liberarnos de las expectativas es esperando solamente aquello que ocurre y no comparándolo con lo que ocurrió o con lo que esperamos que ocurra, viviendo el aquí y el ahora tal cual se nos presenta.