|

El mes acoge una alegría que en cuatro días disuelve lo que significa el nacimiento de Rodolfo Menéndez, cuyo goce comienza a diluirse al darnos cuenta que el 19 de mayo tendrá lugar, como cada año, la evocación de la trágica caída en combate de José Martí, ocurrida en 1895. Ambos florecían como poetas, sobrio en su lenguaje el profesor de La Escuela Primaria, en tanto que el hombre de La Edad de Oro explota en el ardor que recorría su alma, desde el verbo encendido hasta los ojos que quemaron la mirada sensual de Rosario, la musa por la que se quitó la vida Manuel Acuña.

Los dos eran insurgentes, confinados uno y otro por un coloniaje deshecho en toda América, a excepción de la Mayor de la Antillas y Puerto Rico, donde España regateaba la libertad, sin poder extirparles sus ideas revolucionarias. Algunas veces, sin resignarse al presente, la anquilosada metrópoli ibérica amanece queriendo renovar sus espuelas e intenta contener el derecho a la independencia cubana, en tanto Menéndez y Martí atraviesan las vanguardias del tiempo para apostarse donde haga falta.

Mayo los enaltece como hijos del Yara, pese a la arrogancia que exhibió Madrid, donde se figuraron que la expatriación los borraría para siempre. Años de 1850 y de 1895: origen por el cual el docente educará hasta el fin de sus días tratando de redimir a Yucatán del rezago, sin retorno posible a Cuba, porque la república de José Martí fue entregada a causas inconfesables, y la Enmienda Platt entorpeció sus 30 años de lucha contra los imperios. Mucho tiempo antes, en marzo de 1877, Menéndez abrazó a Martí observando absortos la efigie de Chacmool, en un cruzamiento de la ciudad de Mérida. Por eso el 19 de mayo de 1896, al cumplirse el primer aniversario de la muerte del Apóstol cubano, Rodolfo Menéndez expresó en casa de su hermano Antonio, avecinado en Progreso, que José Martí: “Era maestro de la resurrección de un pueblo; era maestro de la libertad; era maestro de la grandiosa democracia americana. Y su maestría la adquirió luchando, luchando siempre contra el poder de los opresores, contra los desafueros de la injusticia colonial”.

Pero en 1894, un año antes de su muerte en Dos Ríos, como presagiando el destino de su querido amigo Rodolfo, quien llegó a ser nombrado Benemérito de la Educación Pública en Yucatán, Martí escribió: “A respetar el derecho enseña Menéndez, y a conquistarlo; a pensar por sí; a hablar sin bozal; a aborrecer la doblez y la cobardía, y quien de eso es maestro en esta vida, muere con honor.”

Estos dos cubanos, necesarios para el estado de Yucatán, asumieron con sus historias personales, y muchos años de diferencia, que “la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida…”, como anotó alguna vez José Martí. De manera que cuando se recuerda la dolorosa caída del Apóstol cubano, con sus grandes dignidades políticas y literarias, se contrae el júbilo que ocasiona el natalicio de Rodolfo Menéndez ocurrido en Remedios el 15 de mayo de 1850, pues la alegría de este mes, tan solar como cálido, es frágil y abarca cuatro días para tener un tiempo para el regodeo irrenunciable.