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Me enseñaron que calladita soy más bonita, que no debo meterme en problemas innecesarios o pleitos que no me incumban. No participar en protestas o marchas porque es peligroso y mi vida corre riesgo. Me educaron con miedo y prudencia. Pero el índice de feminicidios no me deja seguir los consejos maternos. Me uní a la marcha del 8 de marzo en la Ciudad de México, en este país la vida de cualquier mujer está en riesgo. El miedo me hablaba cada tanto, yo lo ignoraba, sabía que la presencia de una significaba mucho. Nos explicaron el orden de los contingentes, nos previnieron de no acercarnos ni tomar fotos a las que iban vestidas de negro; ellas tienen familiares violadas, asesinadas, torturadas o desaparecidas a las que nunca se les hizo justicia.

Siguiendo todas las advertencias iniciamos la marcha, el contingente era impresionante, y sí, no fuimos veinte ni cien, pinche gobierno, cuéntanos bien. La ola violeta elevaba consignas, las edades fluctuaban entre niñas y mujeres mayores, mujeres en sillas de ruedas, mujeres con bebés en brazos. La energía de las mujeres enchinaba la piel. Recibí mensajes de mis amigas que andaban en la marcha preguntándome dónde estaba, si estaba bien, si quería unirme a ellas. Susi, Regina y Marcela andaban por ahí, era imposible encontrarlas en la multitud, pero era maravilloso saber que estaban.

Avanzábamos lento, vimos pasar el contingente de mujeres de negro, su energía era tremenda. Nos preguntaron: ¿Ustedes tienen familiares muertos o desaparecidos? Respondimos: No, gracias a Dios, no. Siguieron su camino, en mi contingente nos miramos y repetimos: gracias a Dios no tenemos familiares víctimas de la impunidad y la injusticia. Entonces entendimos esa furia que llevan las mujeres de negro, uno pensaría que cualquiera puede entenderlo si piensa en que sus hijas o sus hermanas fueron encontradas desnudas y torturadas en una calle cualquiera, un día cualquiera.

De pronto unos petardos estallaron. En el grupo de whats empezaron a llegar mensajes: están soltando petardos, pusieron una valla, están soltando gases lacrimógenos, regresen. No dejaron que parte del contingente llegara al Zócalo, no fue necesario, la ciudad se había llenado de pintas y protestas.

Sé que mi mamá se hubiera sentido orgullosa de mí si supiera que marché a favor de la vida de las mujeres, marché con mi miedo y con otras mujeres que están hartas de los feminicidios y de la indiferencia de muchos. Sé que mi mamá hubiera marchado a mi lado por todas sus amigas violentadas a mano de sus maridos, de sus hijos o sus nietos. Por ella y su ejemplo es también que hice a un lado el miedo y fui testigo de que el 8 de marzo de 2020 no fue un día cualquiera: fue un día en el que las mujeres hicimos historia, una historia distinta en la que no hay un final feliz, más bien empieza una historia de lucha que comienza por romper el silencio: ¡Si lastiman a una, reaccionamos todas!