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Mérida cumplió, el pasado 6 de enero, 479 años de fundación, la conmemoración, aunque austera por el Covid-19, no oculta las contradicciones que se registran diariamente; siendo la capital de Yucatán, su carácter elitista y discriminador se mantiene segregando a miles de seres humanos provenientes de las comunidades mayas, la clase obrera y los sectores populares, además de que ocupa un lugar entre las urbes más caras de todo el país. Los aires de “modernidadprogreso” con los que se le quiere adornar hacen más observable la disputa entre los intereses del capital y la humanidad.

Los símbolos exaltados como forjadores de identidad devienen herederos del pasado colonial opresor de los indígenas mayas y discriminador de expresiones culturales no asociadas a los “valores” de la clase burguesa dominante, nostálgica de los tiempos de la explotación henequenera y la división social por las nombradas diferencias de “raza” que fueron y son continuidad del racismo. La mayoría de estatuas y monumentos que alrededor de la ciudad se observan fungen como recuerdo y señal de la ideología “dominante”, los gobiernos conservadores que han ejercido el poder en la ciudad se han encargado de remarcar la segregación de los oprimidos, llegando ahora al grado de un nuevo proceso de neoconquista colonial-imperialista con la intromisión de capital transnacional como parte de los llamados megaproyectos, algo que acontece en todo el Estado, pero que es notorio en Mérida por ser la entidad que concentra a los poderes públicos y privados.

La política panista actual quiere hacer creer a la población que la ciudad avanza hacia buen rumbo, pero se refiere a que los intereses privados están garantizados y que la inversión tiene el camino libre para adueñarse de los bienes sociales. Los espacios públicos son, entre otras cosas, parte del proyecto de reconfiguración social-económica que sostienen los gobiernos municipal y estatal. Mérida, como todo Yucatán, está inscrita en el desarrollo capitalista restructurado en los últimos años con la perspectiva de hacer del sureste mexicano una nueva zona de extracción de la riqueza natural y de la fuerza de trabajo, esto se ejemplifica con el proyecto del tren maya que en contubernio con el gobierno federal se realiza, pero no es el único que afecta a las comunidades y al proletariado, al contrario, es uno más.

En Mérida siguen haciendo falta políticas sociales que realmente erradiquen la pobreza y la creciente carestía de la vida, junto a la segregación incrementada en los últimos meses, hace falta el cuidado del respeto a los derechos plenos de la mujer y de la diversidad, la garantía del combate al racismo, la discriminación y la opresión que sufren los pobladores de origen comunitario maya y de otras regiones.

En suma, es aún mucho lo que hace falta y más en estos tiempos de pandemia que incrementaron las desigualdades, la violencia, la explotación y la pobreza. Lejos de las fanfarrias discursivas, Mérida necesita, para celebrar aniversarios muy distintos, una nueva orientación política-económica que responda a las necesidades de la clase obrera y de los sectores populares, lo cual no ocurrirá mientras el actual sistema siga rigiendo el devenir de los días.

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