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Estos casi dos años de pandemia de Covid-19 han golpeado profundamente algunas de las estructuras que considerábamos sólidas en nuestras vidas, nos recordó el elemental hecho de que somos aves de paso en un universo aún desconocido en su mayoría, así como también sacó a flote la urgencia de renovar las formas con las que hasta la fecha hemos valorado a la humanidad. La crisis hoy resentida viene de mucho más atrás, pero se agudizó al ser puesto en juicio la base sustancial de la producción, evidenciando un largo pesar de injusticias, y, en lo íntimo, ahí donde cada uno de nosotros formula sus valoraciones sobre su contexto y las personas que lo rodean, también cimbró como campanada que augura el anochecer. No ha sido fácil, claro que no.

Ahora pienso en aquellos rostros que al inicio de la pandemia observé, expresiones que se han mantenido en un abatimiento inconmensurable por la difícil condición en que existimos, es como una cadena que se arrastra marcando el sendero andado con llagas perennes, y es que no ha sido fácil, claro que no. Aquellos seres descritos en la memoria parecieran nunca haber existido, sin embargo, se mantienen intactos al despuntar el alba.

En estos días de gélido viento y calor desmesurado -clima de temporada muy propio de nuestras tierrashe podido, entre el acomodo y el desorden, hojear algunos libros que me alientan en las madrugadas, y de su interior extraigo pequeños fragmentos significativos para el tiempo que transcurre. “No es que haya que vivir, puesto que la vida nos es fatalmente dada… la vida se vive a sí misma, nos guste o no”, escribió Julio Cortázar en su gran obra Rayuela, y no es que asuma como mía la interpretación propuesta del acontecer, pero creo que permite el repensar de nuestras existencia, ya que en este vaivén imprevisto, el pesar puede golpear más de una vez al día, provocando que retumben las palabras que se advierten a la entrada del infierno en el Tercer Canto de la Divina Comedia, magistral poema de Dante Alighieri: “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”.

El transitar por la pandemia no ha sido fácil, algunas perdidas aún duelen, otras nunca dejarán de hacerlo y se deberá aprender a caminar con ellas, acompañándonos enseñanza de que al fin de cuentas la vida está siempre cargada de situaciones que no siempre podemos resolver, aunque claro, hay otras que con la consciencia clara y sin temor sí logramos afrontar, pero en el flujo de los días y las horas, el constante esfuerzo nos reclama atención. Ante el aparente avance del pesar, me parece oportuno recordar también las bellas y consecuentes palabras que José Revueltas expresara durante una entrevista que le realizara Elena Poniatowska durante su encierro en la cárcel de Lecumberri y que se publicaron en Conversaciones con José Revueltas: “Yo hablo de amor en el sentido más alto, más puro de la palabra: la redignificación del hombre, la desenajenación del propio ser humano, su reincorporación, su reapropiación, y eso no puede ser sino amor puro”.

A pesar de que este tiempo no ha sido fácil, sigamos hablando de amor en el sentido más puro, en el sentido de la plena realización humana.

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