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Hoy es el Día Mundial del Libro, y aunque no soy la experta conocedora si soy una agradecida de la compañía que me han proporcionado a lo largo de estos años en momentos diferentes y especiales de mi vida.

Recuerdo que la primera vez que leí algo sin dibujos fue “Un hombre, una mujer y un hijo” porque me inscribí a un club de lecturas de adultos, y aunque no entendí en ese momento cómo debía ser la historia seguramente me quedé con el recuerdo y no sé cuántos libros después llegó Casi el Paraíso, de Luis Spota, en unas vacaciones de verano en Chelem.

Más tarde La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska vino como regalo de una navidad en la hoy Ciudad de México de mi tío Ermilo Mauri, después de contarme lo que él había vivido en su adolescencia la noche del 2 de octubre de 1968 y los días que le siguieron.

Seguramente pasaron muchas cosas, pero llevo en la mente que en mi primer viaje sin compañía al extranjero en los noventas cargue con Tragicomedia Mexicana para una escala de cinco horas en un solitario aeropuerto. No tengo buenos recuerdos. Otra obra que me aterrorizó fue La familia Manson y aunque tardé en terminarla conseguí hacerlo porque la escondía bajo mi cama hasta que me tranquilizaba para seguir con la historia, algo similar viví con Truman Capote, pero ya cursaba la universidad.

Tengo todo un tema con los libros porque prefiero hojear un texto, sentir sus páginas, detener el tiempo, volver tras las letras, marcar las frases que te dejan huella, usar un separador.

Sin embargo, mi amiga Lucero ama su dispositivo electrónico que carga 200 libros, que no requiere luz, que no pesa y que sirve en cualquier parte. Y es que seguro que cuando viajo distancias largas prefiero un dispositivo porque todo cabe en un mismo aparato. El trabajo, la diversión, el entretenimiento y hasta las fotos.

Sin embargo en casa guardo textos que disfruto. Tampoco soy obsesiva con quedarme con un impreso. Los presto con mucho cariño y si no regresan, no pasa a más. Aunque debo confesar que hay otros libros, los que me han dedicado sus autores desde Xavier Velazco hasta Daniel Torres, con los que me quedo en mi pequeña colección ya que representan un regalo extra. Más cuando conozco mucho del autor o tengo cierta fascinación por sus letras porque soy gitana y debo llevarlos de aquí para allá.

Creo que guardo recuerdos de momentos especiales con otras historias que me acompañaron como El albergue de las mujeres tristes, cuando tomé mi primer trabajo en el periodismo que me llevó a dedicar mi tiempo de lectura a las autoras latinoamericanas, quienes me hicieron poco a poco devorar a Marcela Serrano o Isabel Allende, hasta llegar a una de mis favoritas: Angeles Mastretta.

Todavía recuerdo haber leído en mi primer viaje en una combi de regreso del trabajo Arráncame la vida.

Por eso hoy aprovecho que es lunes para felicitar a Alejandro Solís, un gran lector que me enseñó a ser tía y que cumple sus primeros 30. ¡Qué sea feliz!