14 de Diciembre de 2019

Opinion

Un buen juez (II)

El poder de la pluma

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Amigo, me inquieta saber qué tan difícil te es tomar decisiones, ¿en qué fundamentas tus criterios morales para emitir fallos jurídicos?, pregunté al juez del que hablé en este espacio hace una semana.

“Me remites a mi niñez. Cuando era niño, gustaba de ir al campo con mi abuelo Juan, era toda una aventura. Incluso desde la noche anterior, como todo niño emocionado, casi no cerraba los ojos, porque sabía que a las cuatro de la mañana saldríamos a la milpa, alumbrados por el lucero de la mañana, esa estrella que se veía tan grande y majestuosa, que no daba miedo caminar casi a obscuras.

“Todo era aprendizaje, desde esos actunes de donde sacábamos agua para preparar el pozole, hasta la gran diversidad de animalitos que se nos daba la oportunidad de conocer: conejos, iguanas, chachalacas, cardenales… en fin, maravillas naturales.
“Caminábamos con nuestras alpargatas hechas por nosotros mismos, de un pedazo de llanta vieja y sosquil de henequén, con el que las anudábamos.

“Qué tiempos aquellos, quizá los mejores de mi vida, rodeado de familia, amigos y gente que aprecio. Ellos fueron quienes moldearon con las vivencias mi personalidad… aunque en ese momento no me daba cuenta de lo trascendente que sería nuestra relación, que terminaría influyendo determinantemente en mi carácter.

“Todo comenzó en la ciudad de Hunucmá, Yucatán, un lugar apacible, de gente buena, donde nacieron también mis padres y todas esas personas que amo y de quienes guardo los más gratos recuerdos.

“Caminé sin zapatos, bogué en los charcos, subí a los árboles, bebí agua de pozo y bastaba estirar la mano para bajar una deliciosa fruta.

“Ingresé al kínder, la primaria Serapio Rendón y a la secundaria Emiliano Zapata, hasta concluir en mi misma población la preparatoria.

“Después tuve que dejar a mi cálida familia y los viajes a la playa, porque llegó el tiempo de la universidad, la Facultad de Derecho. Concursé logrando calificaciones que me ubicaron en el grupo de los más altos promedios y eso implicaba una gran responsabilidad.

“Sin ser un estudiante brillante, pero con un inquebrantable propósito, logré graduarme.

“Aún recuerdo que, cuando le hice saber a mi padre que había concluido la carrera de licenciado en Derecho, me miró a los ojos y me dijo que para él todavía no era nada, que para serlo en realidad me faltaba mucho todavía, así que no me llamaría licenciado. Aclaro que después de diez años, de la misma manera me miró y me dijo: Señor licenciado”.

Concluiremos esta narración el viernes próximo.

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