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Contra lo que podría creerse, muchos de quienes critican o analizan el desempeño del presidente Andrés López no son movidos por sentimientos negativos, sino, al contrario, por el positivo deseo de que las cosas vayan mejorando cada vez más en nuestro país. Por eso no cabe el argumento en el sentido de que si esperamos 70 años para bajar del trono al PRI, no deberíamos ser tan impacientes como para desahuciar a la actual administración federal a solo 15 meses de su comienzo.

Quizás tengan razón quienes piden paciencia a los ciudadanos inconformes con la situación actual, pero de ninguna manera hay que esperar decenios para aportar señalamientos, críticas y llamados a la reflexión, tendientes a que el gobierno federal se percate de la verdadera realidad de las cosas y actúe conforme a ésta y no de acuerdo solo con sus buenas intenciones.

En los recientes abucheos de Macuspana, tierra del jefe del Poder Ejecutivo, éste parecía realmente convencido de que los apoyos y las acciones que él ha ordenado para esa población y muchas otras del país se han aplicado tal como él ha instruido. Pero las reacciones de la gente parecieron evidenciar lo contrario.

Nadie debería sentirse apenado, mohíno o frustrado si en algún momento tiene que cambiar el diseño y la aplicación de sus programas de gobierno, y aún más, debería tener suficiente habilidad para percibir en el camino, pescar en el aire, lo que no está saliendo bien, a fin de aplicar las correcciones necesarias. Si hay que remover gente, debe hacerse; si hay que cambiar proyectos o sistemas, adelante, y si hay que reconocer errores o ineficiencias, pues de una vez, todo con tal de que los mexicanos se sientan atendidos y que caminan por una senda segura y acertada.

Cerca ya del cierre del primer trimestre de 2020, no aparece en el horizonte algún hecho o factor que nos lleve a pensar que en el fundamental rubro de la economía vaya a haber un cambio respecto a 2019. Así es que puede ser momento para remover a quienes no están dando resultados y, sobre todo, cambiar la forma de hacer las cosas, escuchando las opiniones y sugerencias no solo de los colaboradores más cercanos, sino también de funcionarios que pueden ser menores, pero que están más en contacto con la población. Escuchando, pero también haciendo caso a las advertencias y sugerencias que hagan los conocedores de cada rubro en el intrincado panorama nacional.

La frase “yo tengo otros datos” debe ser enterrada y dejada en el pasado. Hay que gobernar escuchando a todos, pero no con ánimo airado y mala disposición, sino con verdadero afán de servicio. Hay bastante tiempo todavía en este sexenio para quien, con el corazón en la mano y la mente abierta a entender el verdadero sentido del servicio público, quiera dejar una huella histórica positiva, enfilando a México al destacado lugar que merece en el concierto de las naciones.