El mundo que estamos destruyendo

Gínder Peraza Kumán: El mundo que estamos destruyendo

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Con la destreza que sólo dan los años, el cazador había rastreado al enorme jaguar hasta la entrada de una cueva. Antes de seguir avanzando se agachó y palpó una huella que la fiera había dejado en el lodo: era del tamaño de la palma de su mano con los dedos extendidos. Sin duda un enemigo respetable.

Pedro ajustó la lámpara de pilas que llevaba cinchada en la cabeza y caminó adentrándose en la cueva. De pronto se detuvo e inmóvil aguzó los oídos; los tigres eran animales perfectos para pasar inadvertidos en la oscuridad y atacar sorpresivamente.

Tip-top, tip-top... se escuchaban las gotas que caían de los techos a los pisos de la cueva. El cazador escudriñaba las paredes, recovecos y cornisas que había por todas partes... De pronto alcanzó a ver en el suelo dos como brasas encendidas y el corazón le dio un vuelco; rápidamente puso el rifle a la altura de sus ojos, pero no disparó, sino que, entendiendo que había visto un reflejo en el agua de un charco, giró sobre sus talones y quedó de frente al tigre, que se agazapaba sobre una cornisa. Dos cosas sucedieron al mismo tiempo: el tigre dio un formidable salto hacia el cazador y éste jaló el gatillo de su arma. Con un golpe seco, el animal cayó al suelo y apenas pudo moverse un poco antes de morir.

Si usted cree, amable lector, que le acabo de contar un cuento inventado, déjeme decirle que es en realidad una de las historias que escuché de niño, contadas por personas mayores que yo, entre ellas mi padre. El cazador del que le hablo tuvo nombre y apellidos, y era reconocido como un experto para matar –acordada la paga– pumas y jaguares que asolaban los ranchos de la zona.

Recordamos ahora la historia después de entrevistar a tres mujeres de mi pueblo natal que rebasan los 100 años, y que vieron cosas que los yucatecos nunca más volveremos a ver. Y eso es una pena.

Decenas de especies de peces, reptiles, aves y mamíferos han desaparecido de las tierras peninsulares, y eso se lo debemos sin duda alguna a las actividades humanas.

Los daños a la naturaleza no son gratuitos, sino que siempre nos cobran una factura. Por ejemplo, ya nadie pierde el tiempo en cultivar una milpa porque todo lo que se siembre, crezca y dé frutos será arrasado por jabalíes, tejones, caues (pichos o zanates los llaman en otras partes del país), palomas torcaces y otros animales –últimamente se ha reportado la presencia de coyotes en el norte del estado– que se han quedado sin enemigos naturales y proliferan sin freno.

Con la desaparición de los árboles grandes y de muchas especies animales, hemos perdido también la oportunidad de conocer maravillas naturales que, cuando nos cuentan de ellas, creemos que pertenecen a la fantasía. Pero no, lo que nos cuentan los mayores existió de verdad, y si ahora ya no lo vemos es gracias a la persistente incultura del mayor y más insaciable depredador que existe sobre la tierra.

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