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“No puedo moverme, es que así nos sentaron”. Al preguntarle quiénes, la señora, que luego supe era de un grupo religioso y del Frente Nacional por la Familia Yucatán, no quiso decirme. Solo agregó que había sido la instrucción de los compañeros.

El recinto legislativo estaba lleno, una masa homogénea de colores diluidos en camisas blancas dominaba el Congreso. Esta vez no hubo rezadoras ni rosarios que contrastaran con las banderas en suelo laico. La estrategia fue distinta y muy evidente: sentarse separados, para separar también al colectivo LGBT que, por segunda vez este año, esperaba que la actual legislatura aprobara el matrimonio igualitario en Yucatán, derogando el texto de la Constitución local que únicamente permite esta institución social entre un hombre y una mujer.

Después de algunos asuntos generales, discursos de apertura y un auditorio que sudaba expectativa, el presidente del Congreso decidió, sin ningún fundamento legal, imponer la votación secreta de la iniciativa. El autoritario desacato a la ley -ya no creo en los discursos que alegan ignorancia de la misma- y la responsabilidad en que cualquier otro servidor público habría incurrido al tomar decisiones para las que la norma no lo faculta es tema para dos o tres columnas y una tesis. En la práctica, al ser el Legislativo un poder independiente, no procederá nada. Se sienta el precedente de que la ley se cumple cuando se quiere.

Incluso luego de que se le explicara que estaba extralimitando sus funciones y que la votación tendría que ser abierta, después de un receso, el presidente hizo lo esperado: mantenerse en su muy cuestionable postura e imponer voto secreto. El resto de la historia usted ya se la conoce: 15 votos en contra y 9 a favor del matrimonio igualitario. Si los cálculos no fallan, el PAN completo, entre otros -quizás PRI y hasta Morena, no lo sabremos-, votaron en contra de que ciudadanos mexicanos gocen de plenos derechos humanos, escondidos tras el vergonzoso velo de la secrecía. Quizás su espíritu público y abierto se les acabó en las campañas, en las que -ahí sí- hasta las puertas tocan.

Luego vino el frenesí de los camisas blancas y la tristeza y llanto en los colores que, a pesar de todo, no se despintan ni pierden brillo. Un señor dando gracias mirando al cielo desde su butaca. La postal es cruda, inspira impotencia y la alegría de quienes se dicen vencedores, sin saber un servidor todavía qué es lo que ganan, se evapora entre la decepción y los gritos de “¡cobardes!” a los diputados.

La gente se va, pero el desacato a la norma, el desprecio a los derechos humanos y la vergüenza se quedan en el Congreso.

No sé qué opine usted, estimado lector, pero para mí es un atropello a la democracia y una burla a la razón tener una mayoría legislativa que, no solo desprecia el derecho -fuente y objeto de su trabajo-, sino que nos vea más como simple capital político, como ganado electoral y banco de votos, que como personas con derechos, seres humanos por los que debieran trabajar.

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