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Estas líneas no son para explicar la lucha de las mujeres, porque solo ellas deben dar voz a su hartazgo, sus temores y demandas, consecuencia del actuar de todos y cada uno de los hombres que conformamos esta sociedad y que de manera directa o indirecta perpetuamos el machismo que ocasiona hasta 10 feminicidios diarios en México -según datos de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos-, que causa temor a las mujeres al caminar por la calle sin importar la hora y que nos daña incluso a los mismos varones, propensos a una muerte violenta, menor expectativa de vida y suicidio por culpa del machismo y la masculinidad hegemónica. Si acaso lo que me permitiría narrar del movimiento es que las mujeres dieron, el domingo con sus manifestaciones y el lunes con su ausencia, una tremenda muestra de lucha colectiva y fortaleza que pocos movimientos sociales contemporáneos han mostrado.

Lo que le corresponde a un hombre como su servidor es cuestionarme por qué las mujeres han tenido que llegar al extremo de simular su desaparición, su muerte, para que la sociedad pueda entender el daño que causa el machismo que, en la mayoría de los casos, es inconsciente, pues es el sistema en el que estamos inmersos desde nuestro nacimiento y con él se forman las estructuras de nuestra sociedad.

Ningún hombre está exento del machismo; no se trata solamente de no ser feminicidas o violentos, sino de que las actitudes que consideramos “normales” tienen cierta violencia velada: suponer que la mujer es débil, celarla y controlarla, privarla de derechos o privilegios que normalmente se reservan para hombres, no compartir responsable y equitativamente la paternidad -a veces ni siquiera hacerse cargo-, no darle las mismas oportunidades laborales o sociales y asumir que su rol se limita a las tareas del hogar o a la familia y que su máxima aspiración posible debe ser tener hijos y dedicarse a su pareja.

Porque cuando se dice que los hombres matan, golpean, oprimen, no se refiere a que cada uno de nosotros lo haga, sino que todos los hombres hemos crecido en un sistema y contexto machista que posibilita que tengamos estas actitudes de una u otra forma. Pensar lo contrario y sentirse libre de estas formas es significado de que no hemos hecho un análisis de conciencia ni reflexionado sobre nuestras propias historias. Ninguno de nosotros está exento y por ello nuestro papel debe ser el de personas autocríticas que trabajen en construir formas alternativas de ser hombres, analizar nuestras conductas y sin pena ni temor buscar ayuda y apoyarnos mutuamente en este muy complicado, pero muy necesario camino, en el que se tropieza y se sigue adelante. Es difícil, requiere valor y humildad, pero es una acción urgente e indispensable para que nunca tengamos que volver a simular que las mujeres desaparecieron por culpa de nosotros.

Nota al pie: a quien no le queda muy claro esto es al presidente, quien sigue sumergido en el delirio de que todos los movimientos tienen como fin desprestigiarlo.