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Conforme pasan los años, uno siente la necesidad de entregar la estafeta a la nueva generación. Pero no sólo es entregar por dar, sino que implica haber llenado los requisitos profesionales y éticos que una institución reclama, máxime en tiempos de turbulencia, donde el garbanzo de a libra es casi imposible de encontrar.

Cuando llevas más de tres décadas de lucha y sacando la casta por alcanzar el bien común te permites hacer analogías, y hoy lo haré con uno de los más grandes tenistas de todos los tiempos, me refiero a Rafael Nadal, quien en su momento, al quedar descalificado para competencia específica, aceptó humildemente que la energía, ganas y actitud no le faltaban, pero el cuerpo ya no respondía a la señal neuronal cerebral para dar resultados de otrora época. Eso no quiere decir que seamos inútiles con el paso de los años, ni tampoco hay que desgarrarse la vestiduras para dictar largo currículo de efímera vida mundana, con el afán de aferrarse al implacable devenir. Es tan sólo la historia natural, imposible de controlar.

Es evidente que se llegue a un punto que hace impostergable moldear a quienes quieren servir y no servirse, a quienes con humildad y “empanizados” con ese sabor del don de gentes que los caracteriza elegimos, y cual barro damos forma. Sí, me refiero a aquellos que, con capacidad y de forma silenciosa, remontan marcador y no se rinden a la adversidad. Son colosos en potencia, que descubrimos en nuestro cotidiano andar. Hay que orientarlos e insistirles, que así se edifica la experiencia médica; entregándose e inclusive arriesgando la salud y no pocas veces la vida por el bien de los demás.

Amable lector, quiero decirte, que “sí se puede y lo estamos logrando”. El cuerpo curtido con mente lúcida siente alivio y confianza por el futuro de los moradores del Mayab, cuando de la medicina institucional hablamos. Recursos menguados no achican el corazón y la razón de estos galenos. Están los mejores en el campo de batalla, allende las comodidades, amplios espacios o actitudes poco éticas de los menos. Son los nuevos “Corazón de León” cabalgando en las agrestes llanuras con nuevos retos.

Hace no muchos ayeres comentaba sobre algunos, quienes se erigen como los mesiánicos o grandilocuentes para con los otros, olvidando al colectivo, quienes son los verdaderos artífices de logros. Te aseguro que los ídolos con pies de barro quedarán enterrados en la ignominia peninsular.

Sólo pido a los nuevos guerreros que nunca mengüe ese orgullo y fomenten los valores que templan a los grandes, y me refiero a la lealtad, honestidad, dedicación, entereza, paciencia y apertura a la resistencia. La medicina se renueva y se buscan dignos sucesores, que llenen los espacios de maestros de esa época de oro, que cimentaron los primeros caminos que con el tiempo se han convertido en el mayor baluarte de salud en el país

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