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En la antigüedad el suicidio era un tema trascendental para la cultura maya. Se entendía como una manera de rendir culto a los dioses e incluso existió una divinidad representativa de los suicidas: Ixtab. Esta era simbolizada por una mujer con una soga al cuello, en cuyos pechos y pómulos se pueden apreciar manchas negras. Aunque su cuerpo no se encuentra plenamente suspendido, la boca abierta y los ojos cerrados permiten comprender que la mujer se encuentra sin vida y que ha marchado en busca de un camino divino. Según la mitología, esa era su misión: guiar a los mayas suicidas al paraíso, puesto que su muerte formaba parte de un ritual de honor.

La diosa Ixtab es apreciada debido a su particularidad entre las culturas ancestrales. No existieron deidades simbólicas del suicidio, y eso demuestra un antecedente cultural de nuestra región.

Quizá no es casualidad que, en la época contemporánea, los tres estados de la península yucateca ocupen los primeros lugares en las tasas de suicidio, casi duplicando el promedio nacional. Yucatán destaca entre esta lista, siendo la segunda entidad con el mayor índice, solo por debajo de Chihuahua.

Lo que ha despertado el interés de muchos periodistas e investigadores es el contraste entre la aparente calma que se vive en nuestro estado y el elevado número de suicidios, que en 2018 rondó los 250, siendo la cifra más elevada en los últimos cinco años. Este 2019 no pinta mejor y es necesario destacar que la incidencia entre los jóvenes es cada vez mayor, así como la relación con el alcohol y las drogas.

Recientemente, el periódico español El País realizó un extenso reportaje sobre esta situación en la entidad, a la que calificó como “emergencia”, destacando que “la zona más segura y con uno de los estándares de vida más altos del país tiene cinco veces más suicidios que asesinatos”.

Como era de esperarse, la publicación llamó fuertemente la atención de diversos grupos y representativos locales, quienes alzaron la voz para que esta situación sea entendida como un fuerte llamado para las autoridades.

Resulta paradójico que fuera a partir de un medio extranjero que esta parte de nuestra sociedad prestara atención a una tormenta mucho más cercana y visible de lo que parece. No es una mentira ni una exageración que Yucatán sufre una problemática y que la hemos negado con mucha insistencia hasta el grado de que existen nulos estudios, reportes y campañas sobre la prevención y las causas del suicidio en nuestro estado.

Pero el problema va más allá. Los casos de suicidio son silenciados entre nuestros círculos. Los familiares de los suicidas pocas veces buscan ayuda o hablan sobre el tema. La carga negativa obliga a que muchos entierren el dolor y callen permanentemente. En las casas de los suicidas yucatecos, lo único que queda es el silencio.

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