25 de Marzo de 2019

Opinion

Tres estampas sobre la infancia

El poder de la pluma

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Tom persigue a Jerry, por no decir Silvestre a Piolín o Destructor a las Tortugas Ninja. Realmente podría ser cualquiera, pero en esta ocasión, tratándose de día hábil, la matiné de caricaturas entre semana ofrece a Tom y Jerry. Lo primero es que Tom no molesta a nadie. Él duerme sobre la alfombra después de recibir una caricia de sus amos. Sueña con atunes bailando fuera de sus latas. Lo segundo es que Jerry de naturaleza marginal y bonachona, ha decidido almorzar una rebanada del queso Monterrey que guarece en el refrigerador. Tom lo mira y se aproxima lentamente. Tan lento como sus capacidades de dibujo animado lo permiten. Entre los agujeros de la casa, Jerry se filtra, divaga un poco, planea un escape. Salir de la madriguera, improvisar con libros una escalerita, tomar el queso y volver a casa, oh dulce hogar. Pero los ratones nunca analizan lo suficiente, son agentes de la persecución y terminan muertos, atrapados en un pantano de pegamento. En cambio los gatos son suicidas y autosabotistas. Una palabra que se aprende cuando dejan de importar las caricaturas: autosabotaje.

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El más triste de todos los juguetes es Blue Demon. Monster Truck y Hombre Araña lo consuelan mientras derrama esas lágrimas de luchador por el suelo del cuadrilátero. Blue Demon sabe que Konan el Bárbaro está perdido. Ellos dos fueron compañeros de aventura durante largo tiempo. Juntos acabaron con el imperio insufrible de Max Steel, después de aplastar a un ejército de Hielocos. Juntos rescataron las piernas intercambiables de Pegaso y juntos también fueron sometidos a una masacre de crayones. Blue Demon está triste, tristísimo. Dice que la última vez que vio a su amigo fue a la mitad de la repartición de las maletas.

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El árbol no está listo, ni siquiera sabe lo que sucederá a continuación. Alguien, quizá un vecino molesto, o la dependienta de la papelería, llamó a servicios urbanos del Ayuntamiento. Es increíble lo eficaces que resultan para destruir estas personas. Llegan los hombres, uniforme caqui, sierra en mano, cascos industriales y una dirección de extraña ortografía. “Debe ser éste”, dicen, calle treinta y uno D, de dedo, D de daño, D de dolor, número dos tres siete. Son las once de la mañana un día de 1998. Los hermanos miran desde la ventana. Les sorprende el filo de la sierra, las manos duras y grandes de los trabajadores. “De una vez”. El rugido se parece tanto al de la licuadora que, por inercia, el mayor se lleva las dos manos hacia los oídos. El hermano menor, por el contrario, quiere verlo todo, quiere oírlo todo. Alguien debería llevárselo de ahí.

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