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En la Grecia clásica los sofistas eran un grupo de filósofos que consideraban que era imposible llegar a la verdad, por lo que había que cultivar la retórica, la hermenéutica y la oratoria para convencer al interlocutor. Quizá el más famoso sea Protágoras de Abdera, pero también están Gorgias de Leontinos, Callicles y Trasímaco, entre otros. Hay quienes sostienen que Sócrates era sofista. Aunque la mayoría piensa lo contrario. Más allá de esta discusión, lo importante es dimensionar a este grupo de filósofos y sus características como escuela: a) Cobraban altas cantidades por enseñar a los jóvenes a argumentar y defender sus posiciones desde la oratoria y la retórica; b) Eran maestros que trataban la virtud como principio rector; c) Consideraban que no era posible llegar a la verdad; d) Se hicieron rivales de Sócrates, el enemigo número uno de su escuela.

También en Grecia, la escuela cínica, iniciada por Antístenes, tenía como seguidores a Crates de Tebas y a una de las primeras filósofas de la historia Hiparquía. Sus argumentos centrales era buscar lo bueno, no necesariamente el placer por el placer, como los hedonistas, sino todo aquello que nos lleve al bien y nos aleje del sufrimiento, del dolor. En la actualidad se le dice cínica a la gente descarada, falta de vergüenza.

Cuando uno escucha a algún político posmoderno cantinfleando y planteando argumentos contradictorios, da la sensación de que está ante los continuadores de ambas escuelas. Como aquellos, algunos políticos posmodernos cobran grandes cantidades por hacer “el bien público”, por llevar “la justicia social” y “el bienestar” a todos los ciudadanos. Disfrazan la mentira con argumentos aparentemente verdaderos, aunque saben que en el fondo son falsos. Como decía el filósofo de Güémez: “El mes que menos hablan los políticos es febrero… tiene 28 días”. Hay de sofistas a sofistas. Los de la escuela griega eran grandes pensadores, los de la actualidad vividores del presupuesto.

Un político posmoderno juega a mentir, es su principal arma de combate, miente por sistema, como su mecanismo de competencia por el poder, de esa forma piensa que se protege del otro, su adversario que lo acosa, lo acorrala, es su enemigo a vencer. A diferencia de los sofistas griegos, los políticos posmodernos no están plenamente conscientes de su actuar, se dejan llevar por un sistema viciado.

Un político posmoderno considera que la palabra lo soporta todo, incluso la falsedad, primero dice “sí” y al día siguiente dice “no”, considera que el “pueblo bueno” le cree todo. Es casi omnipotente, todo lo puede. Protágoras de Abdera dijo: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son”. Se refería a la relatividad de las cosas, el hombre les da argumentos, porque “la verdad es la mentira institucionalizada.”

Un político cínico posmoderno es descarado, caradura, relativiza la verdad porque piensa que todo puede ser defendido por muy raro, irracional y sofisticado que parezca. A diferencia de los griegos ésos son cínicos por descaro, no por filosofía.

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