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Corría el año de 1985, la sequía había sido fuerte, sin embargo, las lluvias que cayeron en la temporada aliviaron en algo la situación, pues, aunque no llovió lo esperado, al menos fue un paliativo, pero llegó 1986 y volvió a repetirse el fenómeno de una sequía más fuerte que la de 1985, pero a principios de mayo 4 días de lluvias consecutivas nos hicieron pensar que la sequía había llegado a su fin, aunque estábamos equivocados, fue todo lo que llovió ese año. En la temporada de lluvias cayó mucho menos de lo esperado, muy por debajo del promedio y empezó a suceder lo insólito: los incendios aparecieron en el campo yucateco a fines de mayo, en junio y parte de julio y agosto; había un calor de los mil demonios, la sequía de 1986 estaba haciendo historia.

En aquella época, en la Coordinación de Hidrología de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de Yucatán se desarrollaba un estudio del comportamiento de las redes piezométricas (movimiento del agua subterránea) de la planta potabilizadora Mérida I, ubicada al sur de la ciudad, y durante el estudio, del cual yo era participante, fuimos viendo que los niveles del líquido en los pozos de captación habían descendido considerablemente, algo no visto en años anteriores durante el estudio.

Los descensos alcanzaban en sequía normal hasta entre medio metro y un metro de cono de abatimiento, pero en ese 1986, a la par con la sequía que se estaba presentando, los descensos estaban alcanzando casi 2 metros de abatimiento, algo en realidad preocupante, ya que en los pozos el cono de succión estaba 2 metros sobre el nivel normal del agua subterránea y ese descenso ponía en peligro el abastecimiento que podía darnos la planta.

Enterado de esto, el coordinador de área de Hidrología nos ordena inspeccionar en los alrededores de la planta, en los poblados de Tesip, Tahdzibichén, Molas, Dzoyaché, Tekik de Regil y San Pedro Chimay, realizando entonces todo un estudio geohidrológico en la zona y con sorpresa nos vamos encontrando un fenómeno similar al ocurrido en 1962, con pozos al mínimo de altura de nivel del agua y muchos ya secos o casi secos; estábamos efectivamente en otra gran sequía similar a la de 1962 y el descenso del nivel del agua en la planta potabilizadora no era casualidad o por cansancio del acuífero, sino por la falta de lluvias en otra gran sequía que tendría su pico en 1987.

Antes de tomar decisiones importantes sobre qué hacer con los bombeos de agua de los pozos, ese 1987 tuvimos una temprana, extraordinaria temporada de lluvias, que se empató con otra extraordinaria en 1988, un año muy recordado por los yucatecos porque en septiembre llegó el huracán del siglo, Gilberto.

Finalmente, el lunes 23 pasado se conmemoró el Día Mundial de la Meteorología, por lo que le envío a todos los que estudian y trabajan en esta ciencia un sincero abrazo y felicitación y déjeme decirles que en Yucatán somos pocos meteorólogos, pero de buena calidad.