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Hablemos de todas aquellas oportunidades que han servido como tela de juicio para sabernos completos y privilegiados; o, en su caso, todo lo contrario. Pensemos en aquellos momentos de la vida en los que hemos sido conscientes de lo que se nos ha dado, de lo que tuvimos al alcance de la mano, y de lo que ahora podemos construir para nosotros.

La primera oportunidad fue la vida. Con el pasar de los años, obtuvimos de otros todo lo que necesitábamos para formarnos como pequeños seres integrales que preferencialmente no carecerían de nada. Por supuesto, las perspectivas podrían haber sido diferentes. Así como hay seres que nacieron con las manos abiertas, listas para recibir todo cuanto la vida podía otorgarles, así también hubo, y hay, personas que al extender las manos y esperar todo, solamente alcanzaron a visualizar el espacio vacío entre sus dedos. ¿Cuestión de suerte? Espero que no.

En “La casa de muñecas” (1921), cuento largo de la autora neozelandesa Katherine Mansfield, conocemos una historia frágil y sensible que hace recordar las diferencias que nos marcaron en la infancia. Esas que solamente se pueden conocer cuando se ha estado en medio de circunstancias donde los niños pueden ser crueles. Advierto que no se trata de una acusación hacia los responsables de los pequeños, sino de un posible reflejo.

Dentro de la historia, las niñas de la familia Burnell reciben una enorme y preciosa casa de muñecas. Ésta representaba todos los sueños del hogar, y la exquisitez en pequeño de lo que era un ideal inculcado ya desde la infancia. Naturalmente, la emoción no radicaba en lo magnífico del regalo, sino en lo que esto significaría entre las niñas y niños de la escuela: los primeros tonos de envidia.

Para Lil y Else, dos hermanas que distaban muchísimo de tener esas oportunidades y condiciones, la casa de muñecas pronto se convirtió en una misión casi imposible. Porque las órdenes de la sociedad dictaban que a ellas no se les dirigiría la palabra, pues su clase social simplemente no era compatible con la realidad de los otros niños.

Un día, una de las niñas Burnell invita a las hermanitas y éstas logran ver la casa. El evento duró poco, pues fueron descubiertas y humilladas con instrucciones para alejarse de ese territorio con el que notoriamente contrastaban. ¿Qué se queda en nuestra sensibilidad? Algo simple pero hermoso: la grandeza de quienes disfrutaron la oportunidad de un asombro sin prejuicios; un asombro inocente.