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Regresamos a palabras conocidas como si buscáramos secretos o interpretaciones que decidieron esconderse bajo circunstancias que en un pasado funcionaron como distracciones. Y es que se trata de algo natural, casi instintivo. Como una pulsión por ir hacia el pasado para cerciorarnos ilusamente de que nada puede cambiar desde ahí, y que nosotros, ahora distantes en el tiempo presente, nada tendríamos que hacer de nuevo transitando esas calles del pensamiento donde el alumbrado público ya no funciona. Esa tendría que ser nuestra primera señal.

Por suerte para nosotros, existe un mundo al que siempre sabremos regresar y si bien tampoco encontraremos grandes cambios en la estructura, estremecedora será la sorpresa cuando notemos que los que son el móvil de cambio se encuentran leyendo estas letras. Regresamos a viejos libros con toda una experiencia de vida que aguarda para contarla con una voz bajita y con la esperanza de que la relectura lleve sabores de revelación madura. Por supuesto que hemos cambiado.

En el texto que hoy nos ocupa, aprendemos a danzar entre ese vals cadencioso y a tiempos romántico e intenso que significa releer. Quedarnos en la mente con algo y regresar con pasos firmes hacia ello. Así, en Diarios, de Alejandra Pizarnik, se expresa con fuerza que para ella, y para muchos de nosotros, leer no significa un placer intelectual. No se lee por algo sino para algo. La poeta afirma, sin miedo a ser juzgada que el coleccionar palabras se ha vuelto un acto consciente. Imagina que ese cúmulo de letras con significados puede ser colgado en su interior y estar tan obsesivamente dispuesto, que a la mañana siguiente lo que surgirá de nosotros será un poema ya hecho.

Sabemos que no es así; pero vaya que quisiéramos creerlo. Porque conocemos el ardor con el que ciertos diálogos o frases se han quedado en el alma pintándola de colores. Es como si alguien nos hubiera escrito y entre aires de suerte aguardara invisible para vernos llegar a ese mensaje, a esa futura obsesión.

El encanto está en regresar. En tomar los libros que en años pasados nos hablaron, y decirles que ahora es su turno de escuchar. De ser testigos de nosotros mismos; esos seres que ahora transformados acuden para manifestarse distintos pero iguales en esencia. Regresar a las letras del pasado con nuestras nuevas versiones deja de ser un ejercicio para la nostalgia y se convierte en un arrebato de confrontación amable. Los lectores también tienen versiones.

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