19 de Noviembre de 2019

Opinion

La familia ante el delito

El poder de la pluma

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Reciente estudio sobre las condiciones sociales y familiares de los jóvenes que se encuentran internos en el Centro Especializado en la Aplicación de Medidas para Adolescentes (Ceama) de Yucatán confirma lo erróneas que son algunas de nuestras creencias sobre el delito, particularmente la idea de que las penas más altas o la inclusión de nuevos delitos tienen mucho peso en la incidencia delictiva y que la prisión preventiva debe ampliarse como ya se hizo en el caso del sistema penal de adultos.

La exploración que se hizo a esta población del Ceama confirma que la mayoría de los jóvenes que están internados como responsables de un delito proviene de familias con carencias en comunicación, afectividad y disciplina con límites consistentes.

El estudio que coordinó el magistrado Jorge Rivero Evia fue presentado en reciente conferencia en el Poder Judicial del Estado y concluye que lo que sería efectivo para el tratamiento de estos jóvenes es un esquema que fomente sus competencias sociales, pero también alcance a los padres, quienes tienen una responsabilidad por el derrotero que tomaron estos adolescentes, al haber fallado en el papel que creemos más natural: el de ser padres.

Ya María Montessori, una pedagoga de avanzada, decía en el siglo pasado que la primera infancia, de 0 a 6 años, era fundamental para los adultos del futuro. Sin embargo, suele menospreciarse la importancia de la atención que ameritan los niños en este periodo.

En la conferencia se planteó la necesidad de “Escuelas para Familias” como parte del tratamiento de jóvenes que han tenido responsabilidad penal en algún delito, pero más aún como pieza fundamental de la prevención y resinserción.

En el estudio se observó que la mayoría de los jóvenes internados proceden de familias nucleares (o tradicionales); reconstituidas (donde conviven padrastros o madrastras) y extensas (donde hay uno o varios integrantes de la familia ampliada). Es un dato destacado que los que vienen de hogares uniparentales (encabezados mayormente por mujeres) son un mínimo porcentaje, esto a pesar de la gran presencia de estas familias en nuestro entorno social.

La muestra arrojó que la mayoría de los jóvenes tiene ausencia de involucramiento afectivo (42%) o por parte de su familia hay poco involucramiento (38%), lo que refleja una falta de empatía en la dinámica familiar. Esto puede significar que los jóvenes son “invisibilizados” o marginados en su propia familia.

El hecho de que los adolescentes y niños sean ignorados en su propio entorno familiar puede jugar un papel en la posibilidad de su involucramiento en hechos delictivos. En cuanto a la regulación del comportamiento, la población estudiada mostró que 56% tiene ausencia de límites y en 36% de los casos este regulamiento es caótico, es decir, arbitrariamente rígido o falto de límites.

La familia está en el primer lugar en la pirámide del control social y es donde los niños y las niñas aprenden a respetar y reciben las primeras competencias para ser aptos socialmente, pero cuando este entorno falla, los jóvenes pueden presentar conductas antisociales.

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