06 de Diciembre de 2019

Opinion

La criada y el Estado Totalitario

El poder de la pluma

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June Osborne, el personaje principal de la novela de la escritora canadiense Margaret Atwood, The Handsmaid´s Tale en su título original, es la representante literaria de este latente, constante y siempre presente peligro del Estado Totalitario del que también supo Winston Smith, el protagonista de 1984, de George Orwell.

Guardadas las proporciones, El Cuento de la Criada, como se llama también la adaptación de MGM y Hulu, nos plantea este mundo posible: un Estado en el que las libertades y los derechos de las personas han desaparecido, de manera que los seres humanos se reducen a piezas útiles para los designios de un ente que vigila y controla sin que haya límite alguno de su poder como lo hace El Gran Hermano en 1984.

Es por esta combinación de ausencia de derechos y poder ilimitado del Estado como se llega a un escenario apocalíptico, donde el ser humano se reduce prácticamente a un objeto. Las libertades básicas, aquellas por las cuales religiones, edades de la humanidad y credos coinciden como las primordiales para la existencia humana, han sido arrebatadas: la libertad de expresión y todo lo que de ella se deriva, la igualdad e incluso la presunción de inocencia, lo que permite al Estado Totalitario disponer de las vidas humanas y castigar en forma desproporcionada: por leer una mujer puede perder la mano. Como en 1984, estas facultades están bien respaldadas en la ley, y el Estado puede, a través de su Constitución y de las leyes secundarias, legalizar su abuso.

En Atwood las mujeres pasan a la parte más baja de la estratificación establecida por el Estado y han sido reducidas a existir en razón de su “destino biológico”: la maternidad, un papel que resulta necesario dada la infertilidad que azota a la sociedad de Gilead, la nación que ha sido instaurada por el régimen totalitario en la zona norte de Estados Unidos, incluyendo Boston. En ambos casos el Estado se vuelve todopoderoso, intrusivo, vigilante y despiadado para asegurar un statu quo que le permita mantener el control de las personas y avanzar en sus objetivos.

Mientras las mujeres han sido reducidas al más bajo estatus social en Gilead, las criadas resultan un “mal necesario” para las parejas infértiles, pues son mujeres cuya vida de libertad e igualdad en la nación que era previa a Gilead las convierte en “pecadoras” para el Estado, que solo las ha perdonado de la pena de muerte por su fertilidad. Para este fin, han quedado asignadas, prácticamente como esclavas, a las parejas para las que deben gestar, bajo métodos que prevén violación sexual, física y psicológica y bajo una existencia que controla y limita sus acciones y su interacción con otras personas.

La sombra del retroceso en los derechos que el Estado garantiza a las sociedades y posibilita a las personas vivir de manera digna conforme a su condición humana está siempre presente.

Vale la pena mirar esta ventana que nos ofrece Atwood, tanto como hay que mirar primero la de 1984. Y entender que el Estado Totalitario no solo es aquel que nos arrebata los derechos y abusa de su poder, sino que podemos ser todos quienes, mientras reivindicamos nuestros propios derechos, minimizamos los del otro.

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