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Quedamos, en el capítulo anterior de esta memoria de viaje, que tras pernoctar en un hato chiclero, muy temprano en la mañana –ya desayunados- reanudamos el camino. El destino final, luego de cinco días en la selva –donde no todo era coser y cantar porque al menos en tres ocasiones nos abatanaron los tábanos, o más bien las tábanas, porque los machos viven del néctar de las flores y tienen como única función antes de morir copular con las hembras. Esos voraces insectos hembras chupan la sangre de hombres y animales y sus picaduras son muy dolorosas.

A esas alturas del viaje, casi me había habituado a los ruidos de la selva y comenzaba a disfrutar lo que veía y las explicaciones de mi padre que, como ya dije, era todo un experto en cuanto se refería a la vida en esas precarias condiciones y en esas casi deshabitadas comarcas –en el largo camino de 160 kilómetros no recuerdo que hayamos hallado más que una o dos veces a otras personas-. Pero don Vicho siempre me decía: Estamos vigilados. Hay atalayas de los mayas en todos estos caminos.

El destino final estaba cerca: Carrillo Puerto, donde tenían su sede los curas gringos, jefes de mi padre. Ya entrada la tarde arribamos a esa población llena de historias y leyendas, asiento que fue de los cruzoob hasta 1901, en que fueron expulsados por las tropas porfiristas bajo el mando del general Ignacio A. Bravo, y desde donde se hacía justicia y se adoraba a la Cruz Parlante. Para entonces (la década de los 50) un sitio cuya principal actividad era la concentración del chicle que se extraía del chicozapote, se hervía en los hatos y se convertía en marquetas que a lomo de mulas (las arrias: filas de hasta 10 equinos) se llevaban a la población. De ahí se exportaba en bimotores (volveremos sobre estos temas).

La casa de los curas era una típica construcción de madera como las que abundan en Belice y eran comunes en Chetumal, con un corredor delante y varias habitaciones. La de los empleados de esos misioneros era un ripio al fondo del patio, junto al corral de las mulas. Ahí una vez desensilladas nuestras cabalgaduras y encerradas en el corral con un sabucán de maíz que les colgaba de la cabeza y en donde metían el hocico para comer el grano (recuerdo que me impresionó mucho una acémila de gran tamaño, llamada Verdosa, que servía al padre Román Kasperzak, un gigante de origen polaco y sonrisas seráfica), acudimos a la cocina, donde se les servía la comida a todos, menos a los curas.

Ahí, una cocinera negra de pocas pulgas que no hacía buenas migas con don Vicho (también de pocas pulgas) nos sirvió la cena. A mi padre le molestaba cómo lo llamaba: Mistavito (supongo que mister Victor). El café con leche más rico que en mi vida he tomado: con Nescafé (ahí lo conocí) y leche Klim, y unos huevos me supieron a comida de obispo. Tras esa gloriosa cena, al baño (en palangana) y a colgar la hamaca.