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Existe una amenaza creciente que recorre países en todas las latitudes. Una sombra rimbombante que seduce a las poblaciones para robar su libertad. El populismo no respeta fronteras y en México busca hacer nido.

En el discurso hay señales claras de los avances de este fenómeno en la vida pública. La división social instaurada de forma estratégica y vertical desde el gobierno se dedica a elevar cómodas y simpáticas mentiras como si fueran verdades absolutas.

En otros países, los regímenes populistas han usado expresiones sui géneris para confrontar, segregar y perdurarse. Algunas de las más recurrentes son la etiqueta del “pueblo real” y los justificativos que dan los “hechos alternativos”.

En nuestro país hay una variante que debemos al presidente López Obrador. Él eligió darle un toque personal al populismo de la cuatroté: aquí hay “pueblo bueno” y “otros datos”, todo lo demás son mafias, conservadores, enemigos, adversarios… los otros.

El populismo provoca un efecto sedante en la población y a medida que la sensación de impotencia crece ante los hechos que ocurren a diario, muchos pueblos se han sumido en la desesperanza.

Albert Camus dijo en alguna ocasión que “un hombre con el que no se puede razonar es un hombre al que hay que temer”, y eso aplica a rajatabla con los populistas. El temor está justificado porque los alcances pueden ser devastadores.

El mensaje del líder populista se centra en la repetición del odio y en la demostración falaz ante sus seguidores de que rechaza a las élites, y de paso a los medios de comunicación. Todos los enemigos caben en el mismo costal, que se llena de acuerdo con las necesidades.

Y en el debate público simplemente no hay debate, pues se refutan argumentos atacando personalmente a los adversarios, apelando a la ignorancia y fomentando suposiciones.

Ejemplos hay muchos y enseñanzas también. Pretender robarle a la gente el patrimonio del “nosotros” es algo que no se puede permitir. La batalla contra el populismo se inicia con el lenguaje, sin repetir la perorata divisoria de “chairos” y “fifís”, para dejar claro que el pueblo somos todos.