22 de Octubre de 2019

Opinion

Los mayas yucatecos en la lente de los fotógrafos de los siglos XIX y XX

El poder de la pluma

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Un recorrido por el entorno social de los mayas yucatecos, en una serie de imágenes captadas por la lente de los fotógrafos de la segunda mitad del siglo XIX y de principios del XX, se podrá realizar en la octava edición de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán 2019.

La muestra consta de seis secciones con retratos de gran tamaño de la Fototeca Pedro Guerra de la Universidad Autónoma de Yucatán.

La primera sección es una invitación para transitar por las ancestrales ciudades mayas donde algunos protagonistas son incidentalmente los propios mayas de la época, incluso posando para la cámara como modelos a escala. La atracción sobre viajeros y exploradores extranjeros de estos vestigios hizo que Yucatán pudiera ser testigo temprano de la introducción de la fotografía.

La segunda sección está dedicada a la industria henequenera y a sus trabajadores, mayormente de origen maya, en la que aparecen cortando pencas en los planteles de henequén, desfibrando en la casa de máquinas o posando para la foto en las fachadas de las haciendas.

La tercera ofrece diversos aspectos sociales de la vida cotidiana del medio rural (celebraciones religiosas, fiestas cívicas y trabajo doméstico como la obtención de agua en pozos).

En la sección del medio urbano, los mayas salen retratados de manera fortuita en calles, mercados, edificios públicos y negocios de Mérida.

Una característica sobresaliente de las fotos de don Pedro Guerra y su equipo es el uso de técnicas a base de gelatina de plata sobre vidrio que da a los retratos un tono realista resaltando su belleza.

En la quinta sección, las fotos de estudio nos muestran la indumentaria usada en ese entonces, desde el pomposo terno de gala hasta los sencillos hipiles usados por las indígenas mayas, y pantalones y camisetas blancas de manga larga, delantal de cotín y sombrero que portaban los varones.

En la muestra destaca la fotografía post mortem como arte de fijación de muerte: retrato íntimo y recuerdo de la pérdida de un ser amado. Los pequeños difuntos eran velados con ajuar de algún santo o ropón usado en el bautizo.

Las fotos solían tomarse dentro de la vivienda o en la puerta o patio de la casa del fallecido, acompañados por los deudos. Esta práctica perdió vigencia a mediados del siglo XX, pasando a ser un tabú en nuestro tiempo.

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