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Los grupos mayas de la península afrontan la epidemia con serias desventajas, pues, a no contar con servicios de salud adecuados, ni con una línea de bienestar mínimo, y tener una alta prevalencia de enfermedades crónicodegenerativas y obesidad, se suma el Covid-19. Los registros oficiales revelan que el índice de letalidad que presenta la población maya es proporcionalmente superior, casi el doble, del de la población no mayahablante.

Al 15 de mayo de 2020, en la península se habían registrado 2,607 casos de contagios de Covid-19: 2,417 atañen a población No Hablante de Lengua Indígena (No-HLI) y 190 a Hablantes de Lengua Indígena (HLI), de los cuales 1,013 (909 No-HLI y 104 HLI) están hospitalizados. Han fallecido 297 No-HLI y 43 HLI (18 en Yucatán, 1 en Campeche y 24 en Quintana Roo) de los 190 mayahablantes enfermos (125 en Yucatán, 8 en Campeche y 57 en Quintana Roo). Y todo indica que, excepto Quintana Roo que va a la baja, Yucatán y Campeche están llegando al pico más alto de contagios en esta fase de trasmisión comunitaria. Hay que tomar los datos con reservas dado los subregistros gubernamentales, ocultamientos y negación del uso de la lengua maya por parte de la población.

El coronavirus ha generado incredulidad, duda, temor a morir, pánico, futuro laboral incierto y desinformación. Las noticias que difunden los medios locales y nacionales dicen por un lado que “El coronavirus es una enfermedad muy contagiosa y puede ser mortal”; “A todos nos va a dar, ahora lo importante es no saturar los hospitales”; “La enfermedad puede dejar secuelas, algunas de gravedad”. Por otro, indican: “No, el Covid es como cualquier otra enfermedad que por lo general da leve”; “El virus llegó para quedarse, pero si estoy bien de salud no tengo de qué preocuparme”; “Hay que proteger a los adultos mayores”. La respuesta inmediata de muchos pobladores de la península, una vez decretada la pandemia, fue el cierre y bloqueo de sus comunidades para evitar la propagación del virus.

Pese al exhorto del gobierno de quedarse en casa y acatar las medidas preventivas, muchos se ven obligados a salir de sus comunidades para trabajar en la fábrica, granja, maquiladora, constructora, pues son el sostén económico de sus familias. Muchas mujeres viven con temor y fragilidad la contingencia sanitaria, pues si ellas o sus esposos se enferman, de qué viven mientras, cómo aíslan al enfermo en una vivienda pequeña; ancianos mayas dicen estar resignados y aceptan la enfermedad, el Estado no puede cubrir todas las necesidades de apoyo.

Ahora bien ¿cómo será el retorno a la normalidad controlada en los sectores rurales e indígenas de la península? La desesperación de empresarios y trabajadores para activar la apertura y salir de la crisis económica conlleva riesgos de rebrotes que, al parecer, están dispuestos a afrontar.

En zonas mayas de la península, a la amenaza de un rezago social, escasez y alto costo de alimentos básicos y de una deficiente atención médica, se añaden los megaproyectos que en su mayoría siguen vigentes (como el Tren Maya).