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En la península de Yucatán no somos tan afectos a usar piropos en la vida cotidiana, como sí lo son en otros países del Caribe donde suceden con frecuencia y en cualquier lugar. En Cuba, por ejemplo, los varones son tan atrevidos que despiertan momentos de halago cuando profieren un piropo que la mujer no espera, ni solicita. Podría decirse que ahí el piropo es una condición natural, de identidad propia del ser cubano y de la conjunción de varios factores interculturales y de las relaciones intergenéricas. Una mujer difícilmente se ofende por recibir un piropo subido de tono.

En nuestro país, principalmente en el Valle de México, también se ha dicho que el piropo forma parte de la identidad del mexicano, práctica que ha sido reforzada por el cine y la televisión, desde las películas del cine de oro, de ficheras, pasando por filmes y programas televisivos de famosos actores cómicos. Aunque cada vez se dicen menos, por lo general conllevan una connotación machista que convierten a la mujer en objeto.

Los piropos, especialmente a una mujer, para destacar sus atractivos o belleza son muy antiguos. Los mayas peninsulares los denominaban ko’k’at o ko’ko’t’aan (de ko’, atrevido, animoso, bellaco y k’áat, querer, desear, pretender, t’aan, significa hablar, decir); la duplicación del adjetivo ko’, sirve para intensificar la acción. Ambos derivan del verbo ko’k’atah: “requebrar o chicolear”. Los calepinos y diccionarios del periodo colonial definen estas expresiones como “requebrar de amores, piropos o requiebros a una mujer”. “Galantear, enamorar, cortejar o camelar a mujer”. Al hombre que decía piropos o galanterías a una mujer se le conocía como ah ko’il (de ah, masculino y ko’, travieso, atrevido, pícaro, lujurioso; -il, sufijo relacional). Es muy probable que esos requiebros sean amorosos o de galantería, pero también apasionados.

Durante la colonia, con la instauración de las vaquerías, surgen las bombas para intercalar en las jaranas, coplas que combinan ingenio, humor y picardía en un juego chusco de rimas. Muchas van acompañadas de versos o piropos improvisados para adular a la mujer: “Desde que te vi venir/ le dije a mi corazón,/ qué bonita piedrecita/ para darse un tropezón”. Con el auge del teatro yucateco, principalmente en las nuevas generaciones de cómicos regionales, las bombas se comenzaron a tornar rudas y vulgares, donde el hombre y la mujer emprenden una batalla de comentarios groseros u obscenos.

Otras formas recurrentes de halagar a una mujer en el español de Yucatán son locuciones como “Adiós linda hermosa”, “¿Qué va a querer linda hermosa?”, expresión reiterada que, sin serlo, sirve para intensificar la galantería; o esta similar: “¡Vaya bien chulada linda!”, que sustituye al afectivo “adiós, mamacita linda”.

Hoy día los piropos a la mujer sobre su aspecto físico o expresiones de connotación sexual, más aún si van acompañados de silbos y miradas lascivas, son considerados formas de violencia sexual y de género. Suceden por lo general en la calle, parque y transporte público, y aunque tengan su parte festiva no deja de ser acoso ni agresión para quien lo recibe. Aunque es una práctica menos frecuente, tiene su explicación en la cultura machista.

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