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Ciudadanía y autoridades iniciaron desde ayer el retorno gradual hacia la vida normal en México, después de ganar una batalla, pero no la guerra, al temible Covid-19, que ha causado en nuestro país 40,186 contagios con 4,220 defunciones, 9,738 activos y 26,990 personas recuperadas (datos al 13 de mayo, en la página: coronavirus. gob.mx).

En la misma página se consigna que la Península de Yucatán tenía para esa fecha en Quintana Roo 1,177 casos confirmados, 924 en Yucatán y 226 en Campeche. Las defunciones, en el mismo orden, 222; 53 -el parte médico de la SSY informa que eran 83 los fallecidos- y 28.

De ninguna manera intento polemizar respecto a las cifras, pero sí hay que señalar que son más, muchas más, las personas que han logrado recuperarse del Covid-19 que las que han fallecido.

Este loable esfuerzo, insisto, es gracias a la gran tarea del personal médico y del equipo que lo apoya, pese al riesgo que cumplir con su labor implica para ellos y sus familias.

Las cifras mencionadas son para darnos una idea de por qué la Península no estaba incluida en el retorno gradual de las actividades, y dependerá de cuando el semáforo -rojo, naranja, amarillo y verde- indique en cada entidad las actividades que se irán abriendo.

Nos hablan de una “nueva normalidad” porque se tendrán que seguir acentuando los cuidados para la salud, so riesgo de contagio del Covid-19 y no regresar a la normalidad que había antes de este peligroso virus.

Es de desear que no retornemos a la normalidad de enfermar a nuestro planeta. Mucho menos a la violencia que a veces sin quererlo se aposenta en los hogares para hacer presa de la familia.

No regresemos al común denominador de la discriminación que en muchos casos puede orillar a quien la sufre a la pérdida de su autoestima, hasta el punto de pensar que la única salida puede ser el suicidio.

Profundicemos en el concepto de la otredad que no es ni más ni menos que el respeto hacia la persona que tenemos enfrente, para que a su vez ésta nos respete a nosotros.

No permitamos que el autoritarismo decida por encima de nuestras leyes lo que las autoridades han de hacer por el “bien de sus gobernados”, sin importarles a estas autoridades más que la supremacía de su voluntad, por encima de la legalidad, de la justicia.

Ojalá que la enseñanza del coronavirus la aprendamos para regresar al imperio de los valores, por encima del ejercicio de los antivalores que tanto daño le han hecho a la humanidad.

Cuidemos nuestra salud y por ende nuestras vidas. Cuidemos la salud y las vidas de las y los demás.

Retornemos a la “nueva normalidad” del auténtico imperio de los derechos humanos.