06 de Diciembre de 2019

Opinion

La piel de metal

El poder de la pluma

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Silvia (Paloma Domínguez) se está duchando mientras explora su cuerpo. Javier (Darío Rocas) conduce hacia el trabajo al tiempo que hace planes a futuro. Ambos nos hacen partícipes de sus pensamientos, comparten el tedio de su vida y el hastío de la cotidianidad. Su existencia no es diferente a la de la clase media de este país, con sus triunfos y sinsabores.

Las apariencias engañan, los personajes de esta obra se encuentran en una espiral de decadencia y degradación a raíz de una pérdida que sumirá su matrimonio en una situación límite. De todo esto y más va “La piel de metal”, una producción de Colectivo Transeúnte, originario de Jalisco, dirigida por Eduardo Covarrubias, a partir del texto del sonorense Juan Carlos Valdez. El montaje pudo verse el 24 de noviembre en la Muestra Nacional de Teatro en Colima.

“La piel de metal” esconde un tratado acerca del dolor y de la negligencia, también oculta una crítica social sobre los vaivenes laborales y de la política, además de exhibir las aspiraciones y los deseos no cumplidos. Al centro de esta historia subyace un tema: la culpa, ese bagaje emocional que cargamos desde mucho antes de cometer un desatino o un crimen.

En la frugalidad escenográfica el peso de la obra recae en las actuaciones de Domínguez y Rocas, quienes cuentan con destreza suficiente para mantener en vilo al público, al que llevan a un tour de force histriónico. El texto se vale de numerosas elipsis, las cuales forman una compleja estructura y diálogos que se abren a dimensiones no evidentes, que se van trabajando sobre la escena en sus contrapuntos dialécticos.

En esta relación de pareja atravesada de sentidos y contrasentidos, hay momentos en los que no presenciamos un diálogo, sino dos monólogos que fluyen como líneas paralelas que apenas se tocan. El remolino dramático va in crescendo hasta formar un vórtice de acciones dramáticas de consecuencias funestas que terminan en una catarsis y un desenlace anticlimático, un final que llega como un suspiro, un descanso de la tensión presenciada.

La estructura intrincada se resuelve de manera que no hay confusión alguna ante lo relatado. Cada cuadro escénico está bien diferenciado gracias a la iluminación que, a través de una amplia paleta de colores, separa cada espectro emocional por el que atraviesan los protagonistas, quienes viven intensos estados de dolor, ira, frustración, desesperanza, resignación e, incluso, venganza. Aquí la escenografía funciona como un lienzo sobre el cual, hacia el final de la obra, se proyectan por unos cuantos minutos unos burdos efectos visuales. La iluminación navideña enmarcando los muros blancos resultó francamente chabacana. El texto interpretado por los eficientes actores no requería más que un par de sillas para complementar un desplazamiento escénico bien trabajado. Rocas destaca sobre todo en la proyección de voz y correcta dicción entre el aluvión de diálogos. La voluntad de esta obra por abarcar los pliegues psicológicos del ser humano logra con acierto un estudio profundo sobre la culpa.

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