15 de Junio de 2019

Opinion

Bolaño y mi nostalgia

El poder de la pluma

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Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño descansaron en una mesa al fondo de mi cuarto para rememorar aquellos momentos que conservan su bálsamo contra la nostalgia e impulsan la necesidad de hundirnos hasta la mandíbula en la literatura. Para los críticos, sus textos carecen de un valor real o son narraciones de una clase media ahogada en el existencialismo o la desidia de las horas, sin considerar que en sus páginas están las quimeras de juventud amenazando con devorarnos.

La nostalgia es una constante en el libro, los personajes quieren reconstruir la imagen de un tiempo perdido, de los años en que los proyectos conservaban tal fogosidad que pareciera que con desearlos se materializarían, por imposibles que fueran. Recuperar es el verbo que impulsa la narración, recobrar la historia de la escritora Cesárea Tinajera oculta en los dobleces del tiempo y revistas empolvadas, recuperar la imagen de Ulises Lima y Arturo Belano, recordar un movimiento literario de vanguardia, el realismo visceral, y, sobre todo, reencontrarnos y reconciliar nuestro presente con el pasado.

Para lograrlo, el narrador arma la historia utilizando como recurso narrativo los diarios personales y las entrevistas, crónicas y testimonios de quienes conocieron a los personajes, donde no hay historias reales, sino que el lector debe descartar las opiniones de los testigos y quedarse con las que le interesen. La estructura de la novela asemeja el flujo de los recuerdos, donde el orden cronológico es alterado y las fechas de las entrevistas varían en cada capítulo.

Recorrer sus páginas es acercarnos a la desesperación de revivir cada logro y fracaso, volver a mis días en la carrera, sentir nuevamente el impulso de la juventud, el miedo de reflejarnos en cada uno de los narradores, negándonos sin misericordia. Tal vez, como a ellos les ocurre, el tiempo escasea cada vez más, el cual dividimos entre las obligaciones laborales o familiares, borrándonos, obligándonos a editar la memoria, para olvidarnos de que el arrojo con que combatíamos la desesperación de los días ha perdido su brillo.

Leerlo es entender que nuestro pasado tiene muchas trampas y olvidos, que reconstruimos nuestra historia para evadir la culpa e intensificar la alegría de días pasados. Como releer a los autores en nuestros estantes, aquellos que contienen un fragmento del pasado escondido en alguna palabra o verso, que esperan con paciencia para descarrilarse en nuestro cerebro, hasta chocar con la neurona exacta para incendiarnos.

Quisiera hablar del libro esquivando la tristeza inmanente de sus páginas, correr en zigzag para bordear nuestra desesperación por librarnos de la búsqueda de las piezas que hemos dejado atrás, pero, al hacerlo, perdería el deleite que me produce la novela, me perdería su capacidad de despertar sensaciones olvidadas y el placer de apropiarnos de la narración como historia de vida. Las 600 hojas del libro aún conservan su filo, mientras que su tinta se filtra como una llovizna en mis pensamientos, hasta ahogarme por completo.

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