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Algunos años atrás nos encontrábamos en un mundo predecible y controlable, uno sólido. La rutina, la visión a corto plazo, las costumbres, las colectividades eran algunas de sus características. Todo este panorama empezó a licuarse, cambiando aquella sociedad que estaba estancada y era demasiado resistente a los cambios por una líquida y maleable.

Con el advenimiento de la modernidad líquida todo se individualizó. Ser moderno significó estar eternamente un paso delante de uno mismo; es decir, debíamos transformarnos en lo que cada uno es. Como decía Jean Paul Sartre: “No basta con nacer burgués, hay que vivir la vida como burgués” y yo lo adecuaría para los tiempos políticos nacionales: “No basta ser fifí, hay que actuar como fifís”. La modernidad liquida cambió todas las reglas. La forma de vestir, la forma de enfrentar los desafíos, el amor, el dinero, los títulos universitarios; todo tiende a lo pasajero, lo efímero, lo insustancial. Nada que dure es bueno, todo es para deshacerse sin aspavientos. La teoría crítica que defendía el individualismo ante el Estado que oprimía todo dio un vuelco. Hoy se busca recuperar lo público, ya que lo individual ha abarcado todos los estratos. Vivimos en una sociedad de individuos porque “todo se ha individualizado”. Se ha conformado un sistema tan grande que cada individuo es culpable de su destino, de lo que le pasa a otros, no.

Esta modernidad líquida se mueve hacia todos los escenarios. ¿Cómo es el amor de nuestra época?, Bueno, de eso todos tienen experiencia, la liquidez de estas épocas determina el modo en el que nos relacionamos con otras personas. El amor en esta sociedad se ve desprovisto de emociones y esta experiencia es conocida como descomposición de los afectos.

Algunas de las consecuencias más visibles, dolorosas e inevitables de esta descomposición son el desapego y la graciosa huida frente a la adquisición de un compromiso emocional (ya sea amoroso o de otro tipo) y, por otra parte, el victorioso nacimiento de la individualidad, que se gana sin ser dependiente de nadie. El matrimonio es una institución en decadencia, nadie quiere una relación duradera, nadie quiere ser propietario de un bien del que no pueda deshacerse con facilidad. Úsalo y tíralo, parece ser la consigna.

Un ejemplo de esta liquidez es el perfil de las personas que se relacionan en este proceso temporal inmediato que caduca tempranamente y es solitario. La mejor muestra la tenemos en el Facebook que tiene mucha demanda en un grupo de población y es un modelo de relación entre personas que aparentemente crean una comunidad de individuos que pululan a nuestro alrededor y con la que nos sentimos cómodos, sin embargo todo “es una trampa” y eso lo sabemos todos los que somos adictos a esta red social (Continuará)

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