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Las historias de amor no tienen finales felices, eso dice Sabines: si es amor no tiene final y si lo tiene no es feliz, remacha en frase lapidaria. Sobre el amor han reflexionado todos los entes pensantes y ninguno ha llegado a definirlo y mucho menos justificarlo en las intrincadas y complicadas relaciones humanas. Yo sostengo que el amor no existe, existen satisfacciones temporales, momentáneas y tienen un costo; muchos están de acuerdo con mi forma de conceptualizar el amor, otros no me dan su aprobación, pero al final todos están equivocados.

En el terreno de la literatura, los personajes amorosos son nutridos, pero quien me cautivó fue Marguerite Gautier, en la Dama de las Camelias, de Dumas Jr. Su majestuosidad es inmensa, el romance es infinito y lo trágico es de antología. En otro sentido, una de mis primeras lecturas pasó por la Servidumbre humana de Maugham, nunca he odiado tanto a un personaje literario como lo hice con Mildred, era una verdadera villana con el huérfano y discapacitado Philip, quien, acuciado por un amor no correspondido, se pregunta, como se han preguntado muchos desenamorados en un momento de crisis, si vale la pena vivir sin el amor deseado.

En la actualidad estoy influenciada por Bauman en la forma de definir a los actores de la modernidad líquida, entre ellos la licuefacción del amor. En Amor líquido, acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, este pensador polaco-británico señala la supremacía del sexo sobre el amor en esta modernidad. Aunque resulte escabroso decirlo, esta afirmación en una realidad.

El sexo efímero, sin ningún recato, es un deporte practicado por una juventud que busca el placer y se olvida de las verdaderas relaciones humanas. El sexo tiene banderas de triunfo no únicamente sobre el amor, también tiene supremacía sobre la amistad, la solidaridad y los vínculos familiares. Toda relación amorosa no tiene sentido por lo difícil que se torna amar, de tal manera que el resultado de lo banal es construir una prisión de soledad en el individuo. La soledad es la patología reinante en este siglo y ésta es madre de la depresión, la desesperanza y la tristeza.

El ser humano es gregario, necesita de otro para valorarse, requiere relacionarse con otros humanos y ese lazo amoroso tan desgastado por la comercialización, pues de él se hacen películas, canciones, poemas, novelas, se ha depreciado y minusvalorado; existe una industria dedicada a vender ideas acerca del amor en todas sus facetas.

Osho, un gurú-escritor hindú del siglo pasado, era un ojo de huracán en los escándalos, decía en su obra Aprender a amar: “El amor solo crece con amor, si los padres se aman entre ellos y a sus hijos, el niño vivirá como ser amoroso, y nunca preguntará qué es el amor”.