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Madre Tierra está enferma. Sus límites de agravios se han rebasado y gime de dolor, pero nadie escucha sus lamentos. El dolor apaga su mirada y espera que los seres humanos, sus hijos predilectos, vuelvan sus ojos al origen de su especie. Cuando Madre Tierra cierra sus ojos, el mal se esparce por todo el planeta, entonces las enfermedades emergentes se ensañan contra los desobedientes. Llámense cólera, dengue, tuberculosis, ébola, influenza o Civid-19 causan el dolor y la muerte. No es extraño que, a partir del siglo XX, se hayan destruido cuantiosos recursos naturales, selvas exuberantes se han convertido en tierras yermas, ríos caudalosos se contaminaron con el producto de las industrias, el capitalismo atroz despedaza todo.

Los ecosistemas en donde Madre Tierra es la placenta se han destruido, la tala inmoderada de selvas es una realidad, la contaminación de los mantos acuíferos, que son la venas de vida de la tierra, se han convertido en veneno puro, la basura generada por el consumismo ahoga los mares. Las excretas de los seres vivos se encuentran dispersas en el aire que respiramos, además de los contaminantes que pululan provenientes de la actividad industrial.

El ser humano es un advenedizo en el planeta, antes que él apareciera ya existían miríadas de especies que evolucionaban de acuerdo con el reloj de la selección natural, el homo sapiens es un recién llegado al ecosistema y le han bastado unos miles de años para destruir lo que a la naturaleza le costó millones de ciclos solares.

Vivimos en este planeta con poses de dueños y señores de todo. La violencia que anida en el corazón de los seres humanos la utilizan contra su entorno, destruyen todo lo que tocan. La mancha urbana avanza sin barreras, se ha invadido el hábitat de miles de especies de animales que convivían en equilibrio con sus agentes patógenos, la cercanía de los hombres, sin ninguna sana distancia, ha contaminado a los seres humanos, una especie tan frágil como inconsciente. Cuando Madre Tierra se enferma, se liberan los demonios del inframundo.

En los territorios indígenas el verde aún existe. A la tierra se le ama y respeta porque es quien provee en todos los tiempos, protege contra todos los males y alimenta con mucho a quien la cuida.

En esa contemporaneidad el hombre originario pide permiso para cortar un árbol y quemar la tierra para la milpa. Cuando Madre Tierra endurece el útero y se vuelve yerma, el campesino sufre, busca la ofensa cometida contra esa madre y le hace ofrendas y plegarias. Cuando Madre Tierra es generosa, no faltan sus fiestas de agradecimientos, para que el “óol” (ánimo) de ella esté alegre.

Creo que en estos tiempos de crisis mundial hay que volver los ojos a Madre Tierra y llorar por las ofensas cometidas en su contra.