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Sin duda, la propuesta de más hondo calado que a lo muy largo de sus campañas hizo López Obrador fue terminar con el neoliberalismo que, afirmaba correctamente, ha profundizado la pobreza y la desigualdad del país.

Este modelo, impulsado hasta la imposición por los gobiernos ultraderechistas de Tatcher y Reagan, adquirió carácter casi mundial tras la caída del muro de Berlín. En México, su implementación, si bien comenzó con De La Madrid, se consumó durante el gobierno de Salinas.

Su idea básica es que la intervención del Estado obstaculiza el desarrollo de la economía y es la causa de los males en esta área, incluyendo su ineficiencia y anomalías como la pobreza.

Dejado a su libre funcionamiento, continúa el postulado neoliberal, el mercado articulará espontáneamente capacidades y necesidades económicas, generando desarrollo.

En este proceso, gracias a la libre acumulación del capital, se generará gran riqueza que se derramará de los ricos a los pobres. Para lograr todo esto, los países deben eliminar garantías laborales, dejando que el propio mercado defina la relación entre capital y trabajo.

Tampoco deben darse subsidios de ningún tipo a los pobres, ni obstaculizar el paso de mercancías de un país a otro. Desde luego, los impuestos deben ser mínimos, para que el capital se forme y actúe a plenitud en la economía.

En la medida en que la única parte del modelo que, tras cuatro décadas de dominio mundial, ha funcionado como dice la teoría, es la concentración de la riqueza en microscópicas élites obscenamente ricas, el neoliberalismo ha venido siendo cuestionado y parcialmente abandonado hasta en los países que lo impulsaron, pues la desigualdad social y el expolio de la naturaleza que produce son ya un gravísimo problema de sobrevivencia humana.

Su superación en México es pues una urgencia real que el nuevo presidente prometió atender prioritariamente.

No encuentro sin embargo ningún elemento en sus acciones, políticas y proyectos a futuro que me indiquen que López Obrador tenga ninguna intención de hacerlo.

El modelo de anteriores gobiernos, de concentración de riqueza en pocas manos, fundado en un régimen de paraíso fiscal para las grandes empresas, no solo se sostiene, sino que se refuerza con un subsidio directo de 130 mil millones de pesos a sus programas de capacitación; los derechos laborales no solo no están recuperando terreno, sino que se les combate como el peor enemigo de la libertad de acción del gobierno federal; y la subordinación a los centros financieros internacionales sigue intacta.

Afirmo que acabar con el modelo neoliberal es la tarea histórica de López Obrador, como consumar la transición democrática fue la de Fox, y que el tabasqueño está haciendo lo mismo que el guanajuatense en su momento: claudicar de su deber.

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