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La decepción es uno de los síntomas de nuestra sociedad actual. Esperamos mucho de todo, pero estamos acostumbrados a dar muy poco.

Los jóvenes estudian cuatro o cinco años en la universidad y al salir con su título pocos pueden encontrar un trabajo a la altura de sus expectativas; compramos cosas a través de la pantalla de nuestra computadora o televisión, y muchas veces no obtenemos lo que pensamos que compraríamos: medicinas que prometen adelgazarte; aparatos de ejercicio que aseguran que tendrás el cuerpo perfecto si los utilizas 10 minutos 3 veces a la semana.

Nuestras amistades se basan en el Facebook y en vidas inventadas, maquilladas para que sólo veamos lo positivo que sucede en ellas. Continuamente sufrimos decepciones, nada es como lo imaginamos, porque es tanta nuestra necesidad de satisfacción que nos dejamos engañar muy fácilmente.

En cualquier dirección vemos gente que se siente decepcionada; estamos decepcionados del Gobierno, de la Policía, de los medios de comunicación, de las instituciones religiosas y de las sendas espirituales que hemos recorrido.

Queremos creer en lo que nos prometen porque estamos desesperados por un resultado deseado, sabemos que muchas de esas promesas son imposibles de cumplir, pero de cualquier manera creemos en ellas. Queremos un gurú que nos enseñe el camino a la felicidad, al éxito, pero esperamos que el camino sea fácil, que no represente esfuerzo.

Debemos estudiar nuestras debilidades, esas necesidades internas que nos harán caer en creer las mentiras. Todos queremos un cuerpo hermoso, pero pocos estamos dispuestos a hacer lo que verdaderamente se tiene que hacer para mantenerse delgado, comer sanamente y hacer ejercicio todos los días; esto representa un gran esfuerzo y por eso caemos en querer comprar el aparato maravilloso que sin levantarte del sofá mientras ves la tele logra los mismos resultados.

Todos queremos un espíritu limpio y sano, queremos ser buenas personas, crecer espiritualmente, y por eso creemos en corrientes que nos prometen esto de una manera sencilla; pero no hay atajos, no hay caminos secretos ni palabras mágicas que llenen los huecos que hay en nuestro interior, no hay alimentos mágicos que curen nuestro cuerpo. Somos el resultado de nuestras decisiones, de nuestro trabajo interior, de nuestra relación con nuestro entorno.

Tal vez el problema está en nuestros deseos, en nuestras expectativas, en lo que creemos que el mundo y la gente nos deben, en los que esperamos del mundo y de los demás, de nuestros propios cuerpos y de nuestro destino.

Hay que escuchar más nuestra voz interior para saber cuáles son nuestras verdaderas metas, éstas deben ser posibles y a la medida del esfuerzo que estamos dispuestos a realizar; debemos dar valor a nuestros actos para no sentir decepción si no llegamos a la meta buscada, pero sentiremos satisfacción por las acciones realizadas sólo si lo que buscamos lo hacemos de corazón. La meta es importante, pero es mucho más importante el recorrido, el esfuerzo, lo que vivimos día a día, de esta manera disminuiremos la frustración y la decepción, ya que el éxito y la realización no se encontrarán al final del camino, sino a cada paso dado. Tenemos que aprender a disfrutar cada meta conseguida, en vez de estar siempre corriendo tras el siguiente éxito.

Hace unos años, en la semifinal del campeonato de tenis US Open, Roberta Vinci logró lo impensable. Ella ya había comprado su vuelo de regreso a Italia porque nunca pensó llegar a la gran final. Venció a Serena Williams, la principal favorita para ganar el torneo y número uno del mundo. Al terminar el partido, un reportero se acercó a ella y le preguntó cómo veía su siguiente encuentro, cómo pensaba jugar la final. Ella respondió: “hoy sólo quiero disfrutar mi victoria, no quiero pensar todavía en el próximo juego”.

Tal vez es eso lo que nos falta, detener la frenética carrera que nos lleva de un intento al otro, empezar a disfrutar nuestros pequeños o grandes éxitos, nuestras experiencias cotidianas, nuestros momentos personales, esos instantes maravillosos que pasan muy pronto y a veces quedan en el olvido.

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