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Ya está preparándose todo para la marcha del 27 de noviembre, encabezada por Andrés Manuel López Obrador. Inéditamente, el Gobierno saldrá a protestar en contra de la ciudadanía, o al menos de una parte de ella. Y esto es así porque es la manera en que el Presidente de la República responde a las multitudinarias manifestaciones que se organizaron a lo largo y ancho del país en defensa del Instituto Nacional Electoral y el sistema electoral mexicano. Aunque el aparato oficialista se empeñó en menospreciar las muestras de descontento ciudadano, reduciendo las cientos de miles de personas a tan sólo diez o doce mil, es evidente que las manifestaciones causaron escozor en quien se considera amo y señor de la protesta social en México. Tan es así, que inmediatamente convocó a sus fieles a “defender la transformación y la democracia el 27 de noviembre”.

Insólito, inédito. El que debe de encargarse de proteger el Estado democrático y social marchará en su defensa (quizás trabajar y gobernar no es suficiente). Pero, además, el sentido discursivo de la protesta a la que se han sumado personajes como la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, indica claramente que es una forma de contestar a quienes el Presidente considera espurios e ilegítimos para manifestarse. Bastaba ver las redes sociales o la propia mañanera para entender que ya hasta los símbolos se han apropiado y quieren enseñar cómo utilizarlos, como imponiendo un paradigma oficialista de la protesta. “Es que no llenaron el Zócalo porque eran muy pocos”, como si sólo ocupando los lugares comunes tuviera valía alguna la manifestación.

¿Será la marcha del Presidente también un striptease político, como llamó a la organizada por la ciudadanía hace unas semanas? ¿Estará libre de acarreos o veremos a los clásicos autobuses que llevan gente de todo el país (con hotel incluido, por cierto) a la “fiesta de la democracia” organizada por el Primer Mandatario? ¿Por qué AMLO encabezará la marcha? Algún discurso maderista querrá utilizar, con eso de que para el Presidente toda crítica a su Gobierno no es más que una rabieta conservadora cuasigolpista que quiere detener su transformación. Una transformación, por cierto y a diferencia de las tres anteriores, autoproclamada.

Extra: habría que preguntarle a los habitantes de la Ciudad de México qué opinan sobre que sus impuestos y demás contribuciones estén pagando publicidad de Claudia Sheinbaum en Yucatán. Cada vez es más común ver en pueblos de este Estado bardas con propaganda de precampaña descaradamente anticipada. Lo mismo que con eventos organizados en Yucatán que “muestran apoyo” a la Jefa de Gobierno de la CdMx. Supongo que a la capital del país le sobra el presupuesto y puede darse el lujo de tapizar las poblaciones rurales con el ya conocido #EsClaudia. A lo mejor esa es la urgencia de desaparecer e inutilizar al Órgano Electoral; es un estorbo para las prácticas de campaña al estilo del viejo régimen.

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