19 de Febrero de 2019

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¿Qué es la verdad? ¿De quién depende? ¿Por qué se persigue? ¿Para quién se consigue? ¿La verdad es aquello que nos da paz, seguridad y justicia?

Todo a contraluz nos parece distinto, diferente, divergente, matizado por las circunstancias. La verdad es una y a la vez, se nos presenta como nada, manipulada y sosegada por quienes poseen la fuerza de revelarla, pero no la revelan por completo.

El cuarto poder…el quinto poder, elementos fácticos, cuyos orígenes son ignominiosos, toman la fuerza como fénomeno social y masivo para quienes permiten – con ignorancia – que sus dogmas sean manipulados y trasgiversados.

No se trata de un fenómeno nacional – per se- más bien de algo intrínseco a la naturaleza racional del ser humano; los fake news diría un mandatario estadounidense que vive un día si y otro también una fragorosa batalla con los medios de comunicación: ¿quién miente? ¿Quién dice la verdad?

Somos, infortunadamente, el país de las denuncias y las instituciones que persiguen esa denuncia, en donde 43 jóvenes pierden la vida en Ayotzinapa pero aún no hay una sola persona detenida y sentenciada por el hecho.

Somos el país en donde el marketing político nos vende a un mandatario estatal humildemente vestido con camisa blanca, pantalón kahki, reloj austero y zapatos Flexi, pero que en la realidad, sus emisarios se llenan los bolsillos a mansalva.

Somos un país en donde se vive de historias fantásticas, aderezadas para el colectivo, en donde hay quienes creen que un gobernador fabricó su propia muerte y la de su esposa en un helicóptero, para evadir la justicia federal.

Somos un país donde ya no se persigue al delincuente, sino que se le da una amnistía, un borrón y cuenta nueva, bajo los principios morales de una transformación que no se siente como tal. Se le exige una declaración patrimonial a los de arriba, pero a los anteriores se les perdona.

Aún vivimos en un país en donde nos interesa saber quién es la nueva pareja del ex presidente, pero que desconocemos cómo entregó al país, no hay auditorías, no hay transparencia, no hay precisión en las cuentas públicas.

Vivimos en un Estado de redes fantasmas, en donde sexenio tras sexenio, servidores públicos corruptos mueven cantidades irrisorias de dinero a través de prestanombres, importa más saber pagarle a la persona indicada que combatir la desnutrición, el hambre o la pobreza.

Vivimos, pero no vivimos, porque a contraluz, en el contraste entre sombra y claridad, avanzamos muchas veces sin rumbo, aunque creamos lo contrario; caminamos sin sentido, sin idea, sin orden, sin la consciencia suficiente en la ruta de la vida.

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