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Paulatinamente iremos integrándonos a esa llamada nueva normalidad. Un término raro, porque, al fin y al cabo, ¿qué es o fue la “normalidad”?

Sin embargo, consiste más bien en irnos acostumbrando a mantener la sana distancia, a cuidados más especiales en la higiene, al menor contacto físico y, eso sí, esperemos, un cambio en la perspectiva de nuestros sistemas, especialmente el de salud, y en un mayor reconocimiento a actores sociales que hoy, ante esta situación, se ha evidenciado lo imprescindibles que son.

En el caso específico de los libros, varias instituciones, profesionales del área de conservación, así como bibliotecarios han comenzado a proyectar cómo será esta nueva normalidad. Algunos estudios, sin ser todavía concluyentes, como el del Journal of Hospital Infection, informan que el SARS-CoV-2, el responsable del Covid-19, puede permanecer en el papel de cuatro a cinco días.

No obstante, otros estudios también afirman que en el caso de los periódicos, como éste que probablemente tenga en sus manos, no son focos latentes de infección, razón por la cual puede seguir tranquilamente leyendo.

Ante esto, los retos que se avecinan para las bibliotecas incluirán cambios en su preservación, conservación, servicios que ofrecen al público, entre otros, pensando en que además las bibliotecas son mucho más que sólo libros.

Sin embargo, los especialistas bien dicen que el mejor desinfectante es el tiempo, y su recomendación es que los libros consultados pasen por una cuarentena antes de estar disponibles para otro usuario.

Esto abre también nuevas aristas para las salas y círculos de lectura, por ejemplo, y para incluso nosotros mismos como lectores. No es por nada que el libro en digital esté cobrando una fuerza que no había tenido en México, aunque las enormes brechas socioeconómicas limitan a un gran sector de la población a tener acceso a todo aquello que ahora se está generando de manera virtual.

Para los libros, una nueva normalidad en realidad no es nada nuevo. El libro permanece y se reinventa desde hace siglos. En la novela “El lector”, de Bernhard Schlink, existe una interesante analogía sobre esto.

El joven Michel Berg, el protagonista, se enamora de una mujer mayor a la cual, entre sus encuentros amorosos, lee fragmentos de obras literarias.

Años más tarde, convertido en abogado, se entera de que ella ha sido acusada de crímenes de guerra nazis.

En la cárcel no le permiten ingresar libros, por lo cual recurre a grabaciones que le envía periódicamente.

La voz de Michel fue para Hanna una forma de seguir leyendo y una aparente salvación durante los años que hizo de condena.

La historia, como muchas otras, nos deja entrever las múltiples posibilidades de transformación de los libros ante una crisis; si la palabra no se detuvo ni con guerras mundiales, tampoco lo hará con un virus, al menos no con éste.