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Somos conscientes de todos aquellos pensamientos que se disparan muy alto hacia el aire mientras nosotros hacemos un intento casi inútil por controlarlos o alcanzarlos. Cierto es que no podemos elegir la dirección que tomarán las ideas que viven dentro de nuestra mente, y mucho menos podemos hacer algo para evitarlas. Porque vivimos a la merced de una serie de estímulos que llegan a nosotros produciendo cantidades incalculables de escenarios posibles. 

Lo difícil es, ciertamente, cuando esa imaginación o esos pensamientos extremos, que alguna vez juzgamos como exagerados en las películas, se vuelven más posibles de lo que nos gustaría admitir. Y es así que andamos en estos días: entre aires de incertidumbre, instrucciones claras pero difíciles, y miedos por demás monumentales.  

Podríamos temer lo que no conocemos. Lo que creíamos posible en un futuro que no correspondería a los días que habitamos porque la llegada de lo que sea que se aproximara a nosotros iba a ser problema de alguien más. Y henos aquí, con la vida en pausa. Por una parte, estamos mirando hacia los días pasados cuando el aire no era una preocupación, y por otra, tratamos de voltear la cabeza con fortaleza y esperanza dirigida a los días futuros y a lo que no sabemos exactamente cómo llega. ¿Qué tememos? 

En “El peligro de la esperanza”, del autor estadounidense Robert Frost, estamos frente a un poema que con una hermosa sencillez logra enfocarnos en un instante difícil de “captar” con palabras. Porque también entre las emociones hay distinciones; y las alegrías vienen brillantes en contraste con los miedos que se perciben grisáceos.  

“Es justo allí, a mitad de camino entre el huerto desnudo y el huerto verde, cuando las ramas están a punto de estallar en flor, en rosa y blanco; que tememos lo peor”. ¿Qué es esta habilidad del autor para poder situarnos en la emoción exacta a la cual quiere referirse? En estos versos somos capaces de sentir las vibraciones de la esperanza y también los miedos de sentirla. Porque tiene razón, en un instante todo puede cambiar; la balanza puede inclinarse hacia cualquier lado y “todo puede pasar”. 

No estamos acostumbrados a la incertidumbre, y no es culpa nuestra. Porque estamos viviendo entre días contagiados de inseguridad y pareciéramos estar posicionados entre ese huerto desnudo y ese huerto verde; haciendo lo que corresponde, pero también, esperando. Que nuestra esperanza no sea un peligro, sino una fortaleza.