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Las tentaciones vienen en todas las formas y presentaciones. Algunas las encontramos en objetos, otras aparecen en alimentos, y muchas más vienen detrás de conductas humanas de las que entendemos poco, pero aceptamos como posibles. Absolutamente todas las personas cojeamos de un pie: el pie obsesivo.

Cuando pienso en los trastornos de conducta o los trastornos mentales, no considero la posibilidad de hablar de fallas sino de fascinaciones. Por supuesto que, en el catálogo de encantos, algunas acciones pueden ser nombradas con la etiqueta que coquetea con la locura. Pero me atrevo a pensar que incluso ésas tienen un antecedente racional y casi natural: no controlamos lo que nos atrae.

En la presente lectura, estamos ante una novela que lleva por título La camarera (2008). En este texto, escrito por el autor alemán Markus Orths, conocemos la historia de Lynn Zapatek, una joven que ha salido de una clínica de la cual no tenemos muchos detalles, pero reconocemos señales que nos hacen pensar en psiquiatría y terapias.

Lynn tiene una fascinación por la limpieza. Y como promesa de mejora y nuevas oportunidades que sanan, encuentra alivio en un empleo que resulta ideal: camarera de un hotel. Los días pasan y la mujer realiza su trabajo de forma magistral. En sus ojos lleva la agudeza de quien puede percibir el polvo que amenaza con romper los esfuerzos de un trapo y la sensación de intranquilidad que una cama mal hecha puede producirle.

Dentro del hotel ella es una con el ambiente, pero pareciera que, fuera de él, los viejos demonios la amenazan entre angustias y episodios depresivos cargados de tormentas mentales. Muy pronto nota que no puede estar en su casa ni funcionar con otras personas, su terapia está en el hotel y en todo cuanto pueda limpiar.

Sabemos que las obsesiones, si no son mesuradas, pueden llevarnos a extremos. Lynn cae en esta situación y muy pronto su necesidad por limpiar se convierte en una necesidad por invadir. ¿Qué invade? Las ropas, los zapatos, los perfumes, las libretas; todo lo que sea ajeno a ella y pueda servirle de puente para imaginar por un segundo que sus demonios no la persiguen, que puede ser una persona normal.

¿Qué tanto somos conscientes de lo que nos impulsa a realizar las acciones más cuestionables? Para Lynn, la diferencia entre lo ajeno y lo posible encuentra un mundo nuevo cuando su obsesión la lleva a pasar las noches debajo de las camas de los huéspedes: imaginando, sintiendo y limpiando.

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