|

Son frecuentes aquellos momentos en los que eso que vibra muy dentro de nosotros se ve desgastado por el peso de los días y por las situaciones que, de una manera u otra, tienden a debilitar nuestro espíritu. No hablo de rendición, porque para muchos esa ni siquiera es una opción. Me refiero a una nueva normalidad que se pinta más bien como una nueva anormalidad en la que no podemos seguir los indicios de nadie porque todo este camino que va naciendo surge de nuestros propios pasos. Somos los pioneros de un tiempo nuevo al que no terminamos de acostumbrarnos.

Y entonces nos desgastamos, es válido. Actuamos con una pesadumbre corporal que a tiempos también se disfraza de somnolencia excesiva y nos agobiamos ante la incapacidad de mantenernos despiertos o apenas funcionales. Buscamos los motivos detrás de este trance y llegamos a puerto lastimosamente seguro cuando recordamos que vivimos un tiempo extraordinario y que absolutamente todo es nuevo. Aturde, limita.

En “La canción de un espíritu errante”, poema del escritor surcoreano ShinKyong-Nim, estamos frente a una serie de versos que se despliegan ante nosotros como si estuviéramos frente a una persona que los dirige al viento a la espera de un receptor. No se trata de una queja, aunque a momentos los tonos se pinten de tristeza irreparable, sino más bien se trata de una expresión plena en la forma más humana posible. Alguien ha dispuesto su corazón en letras y nosotros vamos a escucharle.

“Anda tu camino en paz, ellos dicen, recorre en paz tu camino”. “Apodérate, con tus manos rasgadas y astilladas, ellos dicen, aduéñate”. “Duerme, ellos dicen, duerme tranquilamente ahora”. “Avanza mil, diez mil leguas por el camino. Al más allá, sin noche, sin día”. ¿Quiénes son ellos y por qué se debería obedecer? Ciertamente no lo sabemos, pero esas voces podríamos reconocerlas como esa sociedad que condiciona a una obediencia dolorosa; productiva.

Los versos “No puedo cerrar tranquilamente los ojos”, “No puedo apoderarme de nada con estas manos astilladas” parecieran responder a esas órdenes disfrazadas de un consejo que llega sin efecto porque el espíritu ya se encuentra fatigado y si bien por dentro algo arde todavía, no es suficiente para seguir un ritmo cuyo paso acelera cada vez más.

Qué dicha tan grande la de poder expresar. La de poder tomar dos respuestas sensiblemente humanas para decir aquello que todos piensan pero que pocos dicen: estamos cansados.