La lectura, un placer culposo

Cristóbal León Campos: La lectura, un placer culposo

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En los últimos días, robándole un poco de tiempo al ajetreo cotidiano, he reincorporado a la rutina la lectura de diversos textos postergados y alguno que otro de nueva adquisición, y, si bien esto pudiera parecer una ironía por el trabajo que ahora desempeño, la realidad es que siempre es placentero poder acercarnos a la diversidad de voces e ideas que los libros nos ofrecen. Y justamente en ese sentido advierto en uno de ellos, Manifiesto por la lectura de Irene Vallejo, la cita usada de epígrafe de Gustavo Martín Garzo que dice: “Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo […] Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada”. Cada nueva obra en nuestras manos, acariciada página por página, es una invitación a descubrir un poco más el mundo que habitamos.

La lectura, ese placer culposo que incluso ha generado disputas entre los extremos del absurdo, está indiscutiblemente ligada a la labor que realizan las escritoras y los escritores, quienes, al devolverle su poder originario a la palabra, facultándola para nombrar todo aquello que nos atañe a los seres humanos, comparten un fragmento medular de su intimidad, así como lo más profundo de su memoria y de su espíritu. Tal y como bien afirma Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura: “los libros siguen manteniendo vivo el diálogo silencioso de un par de ojos que escuchan la voz de unas hileras de letras”.

En estos mismos días en que la lectura culposa y placentera regresó acompañando las mañanas entre cafés y desvelos, recibí por correspondencia desde la Ciudad de México un paquete que contenía la nueva obra del doctor Carlos Véjar Pérez-Rubio, director de Archipiélago. Revista cultural de Nuestra América, a quien tuve el placer de conocer hace ya casi dos décadas atrás. Y así como la lectura unifica a los espíritus del lector y el autor, la amistad se revela como un puente que traspasa generaciones consolidando la continuidad del quehacer humano en torno a la cultura. El libro La generación del puente, ilustrado por Salvador Altamirano Cozzi, amigo y compañero del autor, es una especie de memoria de los años universitarios que recrea una serie de viajes por ciudades mexicanas, europeas y estadunidenses, en las que los tres protagonistas, a través de una sola voz narrativa, experimentan aventuras y comparten ilusiones entrelazadas en el tiempo.

La complicidad que cada nuevo viaje requiere, la ilusión de llegar al destino planeado, las sorpresas que van aconteciendo durante el trayecto, al igual que los lazos de complicidad entre los participantes, junto a un sinfín de aspectos íntimos que solamente quienes viven la experiencia logran concebir, hacen de que La generación del puente sea una lectura que transporta a la geografía de la nostalgia y la alegría, ya que como toda escritura memorística, el recuerdo es más que hechos, para volverse en la explicación casi existencialista del porqué y el para qué de las vivencias, cuya introspección desde el presente posibilita la compresión sucinta de cada uno de los seres humanos involucrados.

Ya habrá nuevos instantes para una recreación más detallada de estas obras, por lo pronto, perdido en la caricia de las páginas y las letras con el aroma seductor de un café, retorno a la culpa placentera de solo leer.

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