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Hoy desperté pensando que debemos aferrarnos a la fantasía. A esa creación de universos que son posibles dentro de nuestra mente y que nada deben temer por enfrentarse a las preguntas que pongan en duda la credibilidad de la imaginación. Después de todo, cualquiera que mire hacia los meses pasados podría decir que estamos transitando los días más fantásticamente increíbles de nuestra vida consciente. Nadie sabe lo que imaginamos ni cuánto placer genera la proyección de lo imposible a nuestro plano tangible.

Cuando era niña estaba convencida de que el pelo de mis peluches crecía y prediqué el hallazgo entre mis hermanos menores, quienes admitieron mi idea no sólo como posible, sino también fascinante. En algún momento de los días que nunca recordaremos, y a un tiempo que no sabremos nombrar porque las tardes entre semana y las mañanas de los sábados tenían el mismo sabor, nos sentábamos en círculo con tijeras Barrilito en la mano, el peludo en turno sentado en la silla invisible de nuestras piernas cruzadas, y procedíamos orgullosos al recorte de lo que sobraba. Se volvió un hábito atemporal que dependía de la velocidad con la que notábamos nuevo pelo amenazando.

En “La pastilla de jabón” de Juan José Millás, la voz narrativa de un hombre se despliega hacia nosotros como si el cuerpo de un hombre que pareciera estar sentado y apoyando los codos sobre las rodillas, nos dijera en secreto su más reciente descubrimiento. Un tipo “oye, ven acá”.

Dentro de la historia se cuenta cómo dentro de los hábitos difíciles de romper, el hombre comienza a desconfiar de una pastilla de jabón que no parecía desgastarse con el uso. Nos informa que la había comprado en la perfumería de siempre y que tras semanas de baño regular mantenía el mismo tamaño. Aunado a eso, una notable pérdida de peso era presente en su persona al mismo tiempo que tenía la impresión de que la pastilla de jabón aumentaba de tamaño. No estaba confundido, el jabón se alimentaba de él.

Nuestro personaje resolvió llevar la pastilla de jabón al baño de su centro laboral y observó cómo sus colegas iban desapareciendo; los más compulsivos primero, claro. Al final quedaba solamente uno, el director general, un hombre gordo; el gran reto del jabón.

Una vez desaparecidos todos, tiraría la barra por el retrete y diría adiós a más de un problema. Tras la sonrisa cómplice de lo imposible posible, queda también, a modo de premio, una soledad escogida y peluches trasquilados.

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