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Sentado en un café del centro de Mérida, allá por la 57, encontré de incógnito al filósofo alemán Jürgen Habermas, miembro distinguido de la vieja escuela neomarxista de Frankfurt. Temeroso de turbar su intimidad cafetalera me acerco cauto, presto a recibir sonora regañada por interrumpir a semejante personaje de la historia del pensamiento filosófico. ¡Oh, sorpresa!, amablemente acepta mi saludo, incluso cortésmente, me invita a degustar un café con él.

Con asombro quedo pávido ante la posibilidad de intercambiar algunas palabras con este intelectual del siglo XX y XXI. Pese a la gran cantidad de años acuesta, hasta el momento ha sobrevivido a la pandemia de coronavirus. Relajado y servicial me ofrece saludo europeo y me acerca el sustituto de azúcar. Rompo el hielo con un: hallo, wie geht es dir (hola, cómo estás, en alemán). Para mi tranquilidad me contesta en un perfecto español.

Su ética discursiva atiende a varios planteamientos: primero, con su propuesta se intenta crear una comunidad de buena comunicación entre los actores de la sociedad. Todos en un plano de igualdad y en donde nadie quiera hacer valer su jerarquía ni política ni económica, ni de ningún otro tipo; segundo, lo éticamente correcto provendrá no de ninguna fuerza, sino del consenso social determinado por la racionalidad y no por la jerarquía; tercero, pretende superar de una vez por todas la subjetividad reinante de la posmodernidad por una intersubjetividad que, utilizando la razón, logre un consenso satisfactorio; cuarto, es un ponerse de acuerdo entre los miembros de una sociedad en relación con las normas que nos han de regir. Por estas razones la ética discursiva de Jürgen Habermas se convierte en una ética de utilidad, una puesta en práctica de servicio, de acción y resultados.

Yo: –Hace unos días apareció en un medio escrito una entrevista que le hicieron desde su casa de Alemania, cerca de Múnich. En esa ocasión usted, distinguido filósofo, sostiene: “¡Por Dios, nada de gobernantes filósofos!”. ¿Contradice a Platón?

Habermas: –Platón seguro lo sostuvo al referirse al político sabio, no necesariamente filósofo en el sentido estricto del término. Si no hay intelectuales es porque no hay lectores a quienes convencer con argumentos. Excepcionalmente se dan los gobernantes filósofos, Macron (presidente de Francia) es uno de ellos. Me gusta, es coherente entre lo que dice y lo que hace. José Mujica es otro caso. En esta época paralizante de identidad, eso es digno de respeto. No obstante, quizá su alejamiento de las posturas marxistas, de las cuales yo sí poseo. Espero que sea una especie de político liberal de izquierda, por cierto, de moda en Europa.

Yo: –Liberal de izquierda, ¿no es eso una ambivalencia?

Habermas: –Llevo toda una vida criticando al capitalismo salvaje, aquel que sólo mira su utilidad, su ganancia. Los sistemas económicos tradicionales se transformaron y crearon híbridos solo entendibles en el mundo de hoy. Yo: –Siendo su ética discursiva una postura de consenso, el diálogo es para usted fundamental. ¿Es así? Habermas: –Así es, soy un convencido del diálogo y de sus bondades. Mucho de las grandes cosas que valen la pena han surgido de empresas en común entre los hombres.

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